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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Expiaciones (I): el violador García Carbonell y el cronista de La Vanguardia

Cuando me decidí por Justicia poética como título para la edición española del libro que había salido primero en Argentina, lo hice a pesar de que había algo que no me gustaba del todo: la familiaridad de la expresión amenazaba con imponer el sentido que menos me interesaba. Justicia poética es un intento de nombrar la confusión que ha dado lugar a esta historia. Que la ha producido, exactamente.

Para el caso, la cobertura periodística de la excarcelación del violador Antonio García Carbonell en 2013 y su nueva detención la semana pasada, dejan claro que la interpretación del título sigue afianzándose, socialmente, en el sentido que menos me interesaba. Es como si la realidad, o su gabinete de prensa, se empeñaran en llevarme la contraria.

Pero dado que no puede haber ninguna conspiración en marcha, para empezar por la propia insignificancia del objeto de dicha conspiración (servidor de ustedes), me temo que, contra lo que pueda parecer, el sentido que yo quería imprimirle al título se revela cada vez más acertado. Que cada vez sea más difícil apreciarlo, muestra hasta qué punto ese sentido se confunde ya con el aire que respiramos. Los peces no distinguen el agua en la que nadan.

La realidad tampoco deja ver sus títulos de crédito, porque son indistinguibles del argumento de la obra, así que más vale explicitar la confusión. La justicia poética, que técnicamente consiste en sustituir “la valoración de la prueba por la construcción de un relato”,  socialmente no persigue tanto el delito, como la sensación de impunidad. Es decir, el hecho de que los que están entre rejas –o entre líneas– sean de verdad culpables tiene una importancia cada vez más relativa: lo realmente importante es que la puesta en escena funcione. Eso sí, a falta de realidad en la justicia, tampoco puede haber justicia en la realidad. Lo cual no debe alarmar a nadie. De hecho, nos tranquiliza, porque da un barniz de sentido al caos.

Me centraré en tres ejemplos de tranquilizante: hoy me ocuparé de un artículo en La Vanguardia tras la excarcelación de García Carbonell en octubre de 2013; mañana o el jueves, de la reciente detención de García Carbonell, acusado esta vez de la muerte de una anciana en febrero de 2014 en Cabanes (Girona); por último pero no menos importante, un error decisivo que quizá yo llevo cometiendo desde hace una década. El viernes espero saber si me he equivocado o no; lo explicaré en su momento y no es ningún recurso de suspense: es que dado que voy a seguir metiendo el dedo en el ojo de los demás, vaya por delante que también veo la viga en el mío. No para equilibrar la balanza, sino para que se vea que es un problema común.

El 26 de octubre de 2013,  La Vanguardia publicó dos páginas con una crónica conmovedora de Domingo Marchena titulada La confesión. (Aclaro que ya había empezado a escribir esta entrada antes de saber que sale mi nombre en una de las páginas que Marchena escribe en ese periódico hoy; un amigo me la acaba de enviar por mail). Marchena es, por decirlo rápido, el periodista que en 1991 adelantó la noticia de la detención de Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib como presuntos autores de la ola de violaciones que golpeaba por entonces las tres provincias catalanas que dan al mar.

El descubrimiento, años después, del error policial, periodístico y judicial cometido contra los dos ciudadanos marroquíes, cuyas caras fueron confundidas por las víctimas, llevó a Marchena a ocuparse intensa y extensamente del asunto. [Uno de los verdaderos violadores es García Carbonell, muy parecido físicamente a Tommouhi] Muchas de las primeras y más importantes páginas escritas para denunciar el error y la tragedia que le siguió (Mounib murió en la cárcel y Tommouhi cumplió íntegra la condena, pues sólo se pudo analizar el ADN en uno de los casos por los que estaba condenado), las escribió Marchena. Me consta que el caso le afectó personalmente: es decir, que durante los años que ejercía de reportero, se implicó emocionalmente.

Cuando le escribí porque quería entrevistarlo para el libro me contestó: “Ahora no”, como diciendo, ahora para qué, si Mounib está muerto y Tommouhi en la calle. ¡Para qué! Es decir, la respuesta de un familiar, de un amigo, de un abogado incluso, pero no la de un periodista. Entiéndaseme: no es un reproche, a mí me pasa lo mismo. Me pasará lo mismo cuando, yo qué sé, dentro de cinco o diez años me venga un becario como yo preguntándome por el caso.

He escrito “conmovedora” porque esa fue la palabra que usó un amigo de la familia de Mounib, cuando el año pasado nos vimos aquí en París, aprovechando que él estaba de viaje de trabajo en la ciudad. Pero lo mejor es que la lean ustedes mismos. Este fragmento (Marchena es “el cronista”):

El cronista visitó varias veces a Mounib. En prisión, con Toummouhi, y en el pabellón penitenciariodel hospital de Terrassa, cuando su salud empezó a resquebrajarse. En el 2000, cuando el recluso de la celda 127 murió de un infarto, acompañó a su familia al tanatorio y en el velatorio. Unos días antes, el cronista le preguntó por qué aquella tarde de 1996 le llamó precisamente a él.

–¿No te acuerdas, verdad?

–¿De qué?

–Tú fuiste uno de los dos periodistas que publicaron mi foto antes de que me llevaran a la rueda de identificación.

Entonces se hizo la luz. Página 22 de La Vanguardia, 16 de noviembre de 1991: “Detenidos dos falsos policías acusados de cometer al menos 13 violaciones en diez día”. Y, sí, la foto. Mejor no pregunten cómo la conseguí. En otros países, como en Francia, un periodista podría haber acabado en el juzgado por algo así. Aquí ya se sabe que muchas actuaciones son secretas sólo de boquilla, sobre todo si los encausados son marroquíes y pobres. A pesar de que Mounib estaba en su derecho, jamás hizo reproche alguno. Intenté pedirle perdón en mil ocasiones y todavía hoy se me nubla la vista cuando recuerdo sus respuestas. “Tú no me tienes que pedir perdón, hermano. Al contrario, soy yo quien te da las gracias y le ruega a Dios que ponga flores de azahar en tu camino”.

Todos los periodistas, absolutamente todos, cargan con una mochila. Algunos con muchas piedras. Otros con menos. Dos de las piedras más pesadas que cargo yo, pero no las únicas, tienen nombre y apellidos. Abderrazak Mounib y Ahmed Toummouhi.

La crónica, sin embargo, tiene un grave problema fáctico: lo que Mounib dice en ella no es cierto y por tanto, la confesión no viene a cuento, porque no hay lugar a la culpa. No al menos a la culpa que Marchena identifica tan concretamente: su periódico publicó la foto de Mounib el 16 de noviembre de 1991. Es decir, dos días después de que Mounib hubiera pasado la primera y más importante rueda de reconocimiento de este caso, que tuvo lugar en los sótanos del Palacio de Justicia de Barcelona, el 14 de noviembre de 1991, y donde fue señalado por las víctimas.

Los errores que los periodistas hemos cometido en este caso son muchos e importantes. Algunos decisivos. Pero ese del que se autoinculpa Marchena no es uno de ellos. El más grave error, sin embargo, lo seguimos cometiendo todos los días: entre la realidad y una historia conmovedora, siempre elegimos la conmoción.

(Me abstengo de comentar lo de “mejor no pregunten cómo la conseguí” la foto, porque eso es más conmovedor aún.)

Dado que ésa es, muy exactamente, la lógica que llevó a la cárcel a Mounib y Tommouhi, me he permitido esta nota a pie de página. Si sirve para aligerar la mochila de Marchena, tanto mejor.

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