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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Justicia creativa: los nombres de la cosa

A medio camino entre la justicia y la ley, los árbitros del TAS han descubierto un concepto que podría llamarse justicia creativa. Otros lo podrían llamar sentencia con final abierto, como si fuera una novela del nouveau roman o una película de la nouvelle vague, y criticar su ambigüedad como ilógica –decretando que el arma homicida es un suplemento nutritivo contaminado desconocido han logrado dar vida a un descubrimiento de hecho basado en una prueba cuando al mismo tiempo reconocen que no hay prueba–, pero nadie le podrá negar la virtud de que hace feliz a todos los actores implicados. Y eso cuando, dada la duración laberíntica de todo el proceso, previamente se había llegado a la conclusión unánime de que dejaría descontentas a todas las partes. Es la sentencia perfecta, claro.

Justicia creativa, Carlos Arribas, El País, hoy.

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En el juicio a Garzón, apoyado en una columna

Querido M.

Me preguntabas en tu último correo por el segundo juicio a Garzón. “¿Y nos vas a explicar qué pasa con Garzón?”, refiriéndote seguramente a este blog. De momento, no puedo hacerlo, porque lo que ha me ha llevado hasta allí impone, por ahora, un caballeroso pacto de silencio. Tampoco sé si alguna vez lo romperé. Pero no me resisto a cortar y pegar aquí una columna que he leído al llegar casa, después de la sesión de hoy, en la que han seguido declarando familiares y testigos, víctimas. Es, probablemente, una de las columnas más importante y  más verdadera, que se pueda leer hoy (aunque se escribió hace una semana) en un periódico español. Pero mucho me temo también que es una de las más inútiles. Un abrazo transatlántico.

La politización de la justicia

El propósito del ministerio de Justicia de devolver a los jueces la capacidad de autogobernarse es un acierto. Cualquier insistencia en desvincular la relación automática de la justicia con la soberanía popular es positiva. Por desgracia esta medida es condición necesaria, pero no suficiente para acabar con la politización de la justicia. España ha tenido una justicia subordinada a la política cuando el Parlamento ha elegido a los miembros del Consejo General del Poder Judicial y también cuando los han elegido los jueces. Los responsables principales de esta situación han sido los propios jueces y uno de los aciertos de esta devolución prevista es que deja en sus manos la solución del problema y los subraya con el dedo de la responsabilidad.

Pero no será fácil. Los jueces españoles están inmersos en un sistema cultural donde la objetividad de las decisiones está arruinada. Donde nadie, ni jueces, ni historiadores, ni periodistas ni políticos, y ni siquiera algunos científicos, se muestran dispuestos a reconocer la huella de lo real fuera del rígido zapato de sus convicciones. El problema no es únicamente español, pero no conozco otro paisaje epistemológico donde el desprecio a la objetividad sea tan evidente y ofensivo. No es una u otra decisión política la que nos ha llevado hasta esta situación, sino una cultura. Una cultura y, sobre todo, una pereza.

La objetividad es difícil. Exige más gasto cerebral. Y también económico. Cuanto más precarias son las comunidades más es el grupo un garantía de supervivencia. Y la politización de la justicia sólo es un intento de buscar la protección del grupo. Obviamente esa protección implica no contrariar las decisiones colectivas, y no contrariar las decisiones colectivas supone muchas veces renunciar a las propias. Cuando alguien se asombra de que en los partidos políticos no existan voces disonantes el asombrado soy yo: la voz disonante requiere de una cierta disponibilidad económica. No sólo en los partidos políticos: en cualquier institución poderosa. Cuando se dice, e incluso con ínfulas intelectuales, que la objetividad no existe, lo que se está diciendo en realidad es que no podemos pagarla. También les pasa a los periódicos: las opiniones son baratas. ¡Los jueces se politizan porque tienen que vivir!

En la politización hay, por último, poderosas razones psicológicas: la objetividad da soledad y frío.

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Tommouhi y Mounib: Veinte años después

1.-Hoy hace veinte años que Ahmed Tommouhi fue detenido en una pensión de Terrassa porque era bajito, regordete y tenía entradas. Abderrazak Mounib, que tenía bigote, fue detenido en una plaza de Barcelona dos días después: el 13 de noviembre de 1991. Aunque no se conocían ni tenían antecedentes, fueron condenados como una pareja de violadores en serie.

2.-El Tribunal Supremo reconoció, seis años después, que habían sido condenados siendo inocentes: la víctima de Olesa que los señaló, según demostró el ADN, se había equivocado. El reconocimiento por parte de las víctimas había sido la única prueba de cargo en todos los casos. También en la violación que ha reabierto un juzgado de Blanes, Gerona, esta primavera pasada.

3. Tommouhi sigue hoy condenado por otra violación,  la de Cornellà, a pesar de que el semen hallado en la zona vaginal de la braga de la chica era de otro hombre. La ponente de esa sentencia, Margarita Robles, ex Secretaria de Estado de Interior y ex Magistrada del Tribunal Supremo, no entendió el informe de los peritos. Esto, que se señaló por primera vez en Justicia poética, nunca se ha alegado ante ningún tribunal. Robles es hoy vocal del Consejo General del Poder Judicial.

4. El 26 de abril de 2000, tres años después de la absolución del Supremo, Mounib amaneció muerto, de un infarto, en su celda de Can Brians. De esa misma cárcel, Tommouhi tardó otros seis en salir en libertad condicional. Tres años después, en abril de 2009, cumplió íntegra su condena. Mounib está entrerrado en su ciudad natal, Fez.

5. En noviembre de 1991 se habían cometido, con el mismo coche que la de Cornellà, varias violaciones más en Tarragona y Gerona. Por las de Tarragona fueron condenados Tommouhi y Mounib. Una de las de Gerona, cometida en Blanes, y aunque la víctima y su novio señalaron también a Mounib (su acompañante, declararon, llevaba la cara tapada), sigue impune. La noche que se cometió, Mounib y Tommouhi dormían ya entre rejas.

6. Esa violación de Blanes sigue impune (aunque ahora vuelva a ser un caso abierto) porque el ex fiscal jefe de Cataluña, José María Mena, nunca pidió que se analizaran las muestras de semen tomadas en el hospital, la noche de autos. El informe que las identificaba estaba en el mismo sumario que la causa revisada de Olesa, unos folios más adelante. Mena está jubilado. El marido de la víctima, a quien me dirigí hace unas semanas, no ha respondido a mi escrito.

7. Esta primavera pasada, la causa fue reabierta por un juzgado de Blanes. Las muestras de semen conservadas en el Instituto Nacional de Toxicología de Madrid, tal y como señala Justicia poética, podrían identificar al menos a uno de los violadores de Blanes: el sospechoso, Antonio García Carbonell, y su cómplice no identificado, ya fueron confundidos con Tommouhi y Mounib en el caso revisado de Olesa. Un ciudadano, Manuel Borraz, gracias al cual se ha reabierto el caso, solicitó que se analizaran esas muestras. A día de hoy, no hay (ni tengo) noticias de los análisis ni de la situación procesal de la causa.

8. La misma noche que la de Blanes se cometió otra violación, dos horas antes, a las afueras de Girona. La noche de autos, la Guardia Civil relacionó ambos asaltos, y así consta en el expediente judicial de Blanes que la fiscal y la juez de Blanes tenían sobre la mesa el día que estuve en su juzgado preguntando si de verdad habían reabierto el caso de Blanes. Les pregunté, tanto a la fiscal como a la juez, si la violación de Girona no podría también reabrirse. La fiscal me pidió que lo denunciara yo mismo en el juzgado de Girona. ¿En los juzgados de lo penal o en la Audiencia?, le pregunté. “Vaya a los dos, están muy cerca, y así hace usted un poco de turismo”, dijo. La juez aseguró que su juzgado haría lo que correspondiese hacer.

9.- Tras la aparición de “Ahmed Tommouhi, el punto ciego de la justicia española“, un artículo que publiqué hoy hace justamente un año en Público, la Defensora del Pueblo, María Luisa Cava de Llano, me llamó al periódico, preocupándose sobre el caso. No recordaba que durante años ella misma había contestado, como adjunta al entonces Defensor Enrique Múgica, a las preguntas que sobre el caso había planteado a su oficina el ciudadano Manuel Borraz. Quedamos en que me volvería a llamar a la semana siguiente. No lo hizo, y desde entonces no hemos vuelto a hablar.

10. La segunda violación se cometió en Girona, sobre las diez de la noche del 25 de noviembre de 1991. El caso, que instruyó el juzgado nº 4 de la ciudad, está archivado desde entonces. La actual titular de ese juzgado, Loreto Campuzano, después de revisar el sumario, me confirmó que se trataba del mismo supuesto que el de Blanes (una violación doble por agresores armados)  y que podría, por tanto, reabrirse, porque tampoco habría prescrito. Para ello, me animó, podía presentar yo mismo un escrito solicitándolo y señalando qué indicios relacionaban el caso de Blanes y el de Girona. Ese mismo día, puse los hechos en conocimiento de la Fiscalía provincial de Girona, a través de la secretaria del fiscal jefe. “El fiscal ya le digo que no podrá recibirle”.

11. A día de hoy, ni la fiscal ni la juez de Blanes, ni la fiscalía provincial han hecho nada para que se reabra ese segundo caso. Yo, y el juzgado de Instrucción número 4 de Girona, tampoco. Pero hay una diferencia: tanto el juzgado de Girona (según he confirmado esta misma mañana) como yo mismo nos hicimos la misma pregunta: ¿se conservarán muestras también de esta violación? Y resultó, hasta donde yo sé, que no. Lo cual, dicho sea de paso, no tiene nada que ver con una verdadera investigación: para eso habría hecho falta comparar los atestados y declaraciones de las violaciones de Blanes y Girona. Porque aunque no haya muestras de esta segunda, sí podría, por ejemplo, aparecer reseñada la matrícula del coche de los autores, quizá algún rasgo significativo de su descripción, que podrían relacionar los hechos con la violación de Blanes (y con el coche con el que se cometió esta segunda, porque sobre ese vehículo hay abundante bibliografía policial y judicial). Pero en fin: eso sería hilar demasiado fino a estas alturas. Así que, ahora sí, [esta violación de Girona, a diferencia de la de Blanes] prescribirá el próximo 25 de noviembre.

12.- Hoy, Ahmed Tommouhi vive, sin permiso de trabajo ni residencia, con su hijo Khalid en un pueblo de Barcelona. En estos veinte años, Tommouhi no ha vuelto a ver a su mujer ni a su hija mayor, que viven en Nador, a cinco kilómetros de la frontera española de Melilla. Guadalupe Espinel, una estudiante argentina de la Escuela de Cine de Barcelona que ha realizado un documental sobre el caso, La justicia de las serpientes,  fue a verlas a Nador.  “Yo nunca hablé con mi marido desde que entró en prisión. Nunca escuché su voz ni él la mía. Confié en él, no le era posible llamarme y yo tampoco le podía llamar. Estaba el mar entre él yo: yo no podía ir hacia él ni él tampoco podía venir hacia mí”, dice la voz en off y subtitulada de su mujer, sobre un plano de las aguas embarradas turbias del mediterráneo. Su hija mayor añade: “Hace veintiún años que no le veo. Si me lo encontrara, no lo reconocería”.

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Creación e interpretación

La pretensión poética de tanto filósofo cuya obra parece obsesionada por la invención de un estilo artístico más aún que de un juicio recto; la pretensión crítica de tanto artista que expone sus obras como juicios morales, filosóficos, ideológicos o benevolentes, confunde los dos órdenes en uno que no cumple ni con la creación angélica ni con la interpretación salvadora del sentido. Hasta aquí, brutalmente resumido y en esqueleto, el ensayo de Agamben.

En su traslado a la política, se diría que la actividad técnica y productiva, fuera esta la fundación de ciudades y sociedades justas, la redacción de leyes, su ejecución o la aplicación jurídica de las mismas que luego debía ser interpretada, explicada y criticada por los medios libres, se han fundido enteramente en un acto único. El conglomerado resultante es una máquina colosal que se autoalimenta sin finalidad ni propósito. Un monstruo sin cerebro que no sabe adónde ir y que solo lucha por permanecer.

Sobre la división de las impotencias, Félix de Azúa, El País, 7 de Octubre 2011.

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El referéndum de lo real: de Sarah Palin a Troy Davis

“Para probar la teoría de la vida hipócrita de Palin, el escritor asegura que la idílica imagen que Palin ha construido de ser una hockey mom modélica está muy lejos de la realidad. Puede que la hora política para la Casa Blanca de Sarah Palin haya pasado. Cuando McGinniss escribió el libro se daba por hecho que sería una seria contendiente dentro del Partido Republicano para luchar contra Barack Obama en 2012. Sea como fuere, quienes la detestan se creerán el libro a pies juntillas. Para quienes la idolatran… más propaganda liberal. Ustedes deciden.”

Palin, ¿infidelidad y drogas?: Yolanda Monge, El País, 18/09/2011

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“La pena capital está en tela de juicio tras lo sucedido en Georgia en la noche del miércoles (la madrugada del jueves en España), cuando Troy Davis fue ejecutado legalmente a pesar de que nunca hubo pruebas determinantes en su contra y de que la gran mayoría de los testigos que en el momento del crimen volvieron su dedo acusador contra él se retractaron luego de sus declaraciones.

[…]

Las encuestas dicen que un tercio de los estadounidenses creen que se ha ejecutado a un inocente.

Davis, símbolo contra la pena capital. Yolanda Monge, El País, 23/09/2011

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Gárgaras legales

Principios y derivas de la justicia poética (XII)

El último libro de Janet Malcolm, Iphigenia in Forest Hills: Anatomy of a murder trial, describe el campo de la justicia como una batalla entre dos relatos antagónicos en el que triunfa, no el que más se ajusta a la verdad de los hechos, sino el más consistente. Narrativamente hablando. Mucho de todo eso había ya en su anterior The Crime of Sheila McGough. 

Eso es más o menos lo que yo quise atrapar también con la expresión “justicia poética”. Hay un rasgo, sin embargo, que Malcolm subraya (y sobre el que, de hecho, la neoyorkina ha levantado toda su obra, según esta crítica del Guardian), en el que yo no había reparado lo suficiente y que ahora se me aparece como decisivo a la hora en que los jueces se sientan a escribir sus sentencias. Si luego sus relatos aparecen a veces tan llenos de costuras, torpes atajos con los que buscan mantenerse pegados al tejido de lo real, pero que los acaban devolviendo siempre al interior del texto de la sentencia, no es sólo por pereza, falta de verificación, o soberbia. Por encima de todo eso despunta nuestra inclinación para el autoengaño.

Salvo Manuel Borraz, que es quien me lo ha recordado a mí, nadie se acordará ya de Touhami Handaoui, un marroquí que murió a finales de julio pasado en un hospital de Teruel. Estaba preso, llevaba cinco meses en huelga de hambre y dos años y  medio condenado por una agresión sexual que había sufrido una chica en una urbanización de Torrevieja, Alicante, el 28 de diciembre de 2003. Handaoui, albañil, soltero [según la sentencia, aunque con esposa e hijo según El País] y sin familia en España, habría cumplido 41 años el 1 de octubre próximo.

Los artículos que Marta Garú escribió en el Heraldo de Aragón durante el último mes de vida de Handaoui, y el que publicó post mortem Jesús Duva en El País, son los únicos reseñables de un inventario que se reduce a una lista de teletipos, corta y pega y descanse en paz. (En fin, para quien se lo pregunte: yo supe de esta historia cuando ya no trabajaba en Público). Ninguno, sin embargo, llegaba a encararse con el hechizo del caso y su aterciopelado encaje en el autoengaño colectivo.

Digo autoengaño colectivo porque, contra lo que pueda parecer, a nadie debería tranquilizar que se condene a un hombre  (por mucho que sea moro y esté solo) por violación (por mucho que la víctima esté convencida de que él es su agresor) sin que la investigación haya movido un dedo para contrastar la palabra que lo señala. Sobre todo si, contra el señalamiento, consta en el expediente que el semen recogido de la ropa que la chica llevaba puesta aquella noche del día de los inocentes, era de otro hombre. Y aunque la víctima tenga 13 años.

Menos aún debería tranquilizarnos que eso pueda pasar sin que nadie haga públicos, para empezar, los nombres de los tres máximos responsables: D. José de Madaria Ruvira, Dña Gracia Serrano Ruiz de Alarcón y D. José Teófilo Jiménez Morago, el ponente, que firmaron su sentencia el 23 de febrero de 2009, en Elche. Handaoui murió el 24 de julio pasado protestando contra esa condena.

Y digo que no se encaran con su hechizo central, a pesar de que en sus artículos, Garú hiciera constar que:

Llama la atención, sin embargo, que la única prueba biológica –un resto de semen– que se recogió en la cazadora de la víctima no corresponda con el acusado.,

porque esa frase incisiva, con la que Garú abre el último párrafo, se diluye luego entre todas las comillas con las que sostiene el argumento del tribunal: que es “irrelevante”, que “no afecta” a la credibilidad de la víctima, o que la cazadora era de una “amiga íntima”, como si el hecho de que fuera “íntima” normalizara el que se la pudiera haber prestado manchada de semen.

Y muy a pesar también de que Duva contara en el suyo la escalofriante estupidez con la que nuestro Estado de Derecho confunde la investigación con la casualidad, cuando de detener a un cabeza de turco se trata:

Fue al cuartel de la Guardia Civil de Torrevieja (Alicante) para realizar un trámite relacionado con su coche… y allí mismo fue apresado. Una menor que estaba en el cuartel reconoció su voz y desde el primer momento le acusó de ser el hombre que le había violado.

Empezamos bien, debieron pensar los agentes.

Los dos artículos, sin embargo, al glosar el razonamiento del tribunal dejan de lado la pista central. Los lectores de este blog ya conocen la cháchara: que si lo describió “con precisión“, que si las “500 fotografías” que había en el álbum, o que si los lamentos del abogado defensor porque el acusado “apenas le facilitó pistas o datos que sirviesen para desvirtuar las acusaciones del fiscal”. Ya sabemos que la justicia poética adorna siempre la culpa de sus cadáveres, después de  condenarlos porque no han logrado demostrar su inocencia.

Y lo más importante tampoco es cómo justifican su conclusión de que el semen de la chaqueta no tenía nada que ver con la felación de Torrevieja:

“distinto hubiera sido que la muestra de semen se hubiera obtenido en la boca de la menor”,

se lee en la sentencia. Porque, si tan finos eran los jueces y el fiscal, como para preferirlo en boca, que acartonado y seco, dado que además la chaqueta era de una amiga “que tenía un amigo aunque no sabe si mantenían relaciones sexuales”, bien podrían haber llamado a la amiga para preguntarle si las mantenía y si cuando se la prestó, iba manchada. Si hubiera dicho que quizá sí, tendrían que haberle preguntado el nombre del amigo, y una vez localizado, comparar su código genético con el de la mancha: y sólo entonces descartar, de confirmarse la coincidencia, la duda razonable que sobre la culpabilidad de Touhami Handaoui ese dato introducía. Pero claro, la amiga “se marchó a Murcia perdiendo el contacto”, así que los investigadores [ahora releo “investigadores” y me da la risa] prefirieron condenar al moro antes que marcar el prefijo de la provincia limítrofe, incluso si también empieza por 96. El Fiscal se llamaba José Antonio Artieda Gracia.

En fin, nada nuevo y nada que me hubiera hecho volver otra vez a esto, porque habiendo aceptado ya que lo relevante es lo a gusto que nos quedamos sabiendo, en este tiempo de barra libre, que alguien ha pagado por algo, ¿a qué interrumpir la siesta de los justos? Pero sí hay algo nuevo, o por lo menos algo que sólo ahora veo con su justa relevancia: lo importante son las gárgaras.

Las gárgaras con las que el ponente se autoengaña hasta creerse que la fuente del derecho mana por su boca:

Por otro lado, la credibilidad que merece la declaración de la víctima para este Tribunal no se ve afectada por el informe del Instituto Nacional de Toxicología (folios 93, 94, 146, 147 y 148) en el que se sostiene que el vestigio de semen aparecido en la cazadora de la víctima no pertenece al procesado, ya que resulta completamente irrelevante en lo que concierne a la calificación y punición del hecho delictivo, como en lo que atañe a la autoría del mismo. Lo primero porque el tipo penal no exige la eyaculación para su consumación”.

Lo segundo, por lo que ya he explicado del semen, la boca y la chaqueta.

Así que acabemos con lo primero. “El tipo penal no exige la eyaculación para su consumación”. Traduzco: no hace falta que eyacule para que los hechos deban calificarse como violación. Así que, en efecto, la muestra resulta “completamente irrelevante” para la “calificación” del hecho delictivo, pero nunca, y aquí es donde patina su prosa engrasada, puede resultarlo para “la punición del hecho delictivo”. Es así como el diminuto cuerpo del condenado, que aparentemente está sólo en la segunda parte del razonamiento, es encajonado a la fuerza, como en un viejo número de circo, en la primera. Porque no puede haber punición, castigo, sin castigado, y para llegar a él, en caso de violación, no hay prueba más determinante que el semen recogido en el cuerpo o las ropas de la víctima.

Pero, ¿cómo  va a ser irrelevante en un caso de violación la identidad del semen analizado? No puede serlo, desde luego, pero tiene que serlo: y de ahí toda esa gimnasia lingüística para que parezca normal lo inconcebible. Ésa es la descomunal fuerza con la que el autoengaño nubla la vista de los jueces y deforma la sentencia, que dictan a tientas. Frente a eso, que insistan además en que la muestra era “escasa”, como si importara el tamaño, es una gota de tinta en el océano. Tan inútil como esta entrada.

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DSK y la camarera: Principios y derivas de la justicia poética (XI)

Pues sí, la verdad. El affaire de Straus-Khan y la camarera del hotel  de Nueva York me ha terminado de convencer: la justicia poética es lo único que importa. Más allá de lo que ocurrió en aquella habitación del Sofitel, lo importante, lo jurídicamente relevante, son las interpretaciones. Si esa justicia consiste básicamente, no ya en la valoración de las pruebas, sino en la construcción de un relato (son palabras del Tribunal Supremo español), entonces lo que hay que ver es, en cada momento y lugar, qué relato es más eficaz. Esto es, cuál es socialmente más apetecible.

Quiero decir con esto que, como ciudadano modélico, me importa un bledo si Dominique Straus-Khan forzó o no a Nafissatou Diallo a hacerle una felación. Yo también tengo mi propia opinión sobre el asunto cuando del ex director del Fondo Monetario Internacional y una camarera africana se trata. Así que si lo que de verdad importa son los antecedentes del superejecutivo y las mentiras de la refugiada a la hora de pedir asilo; si de lo que se trata es de qué versión de los hechos resulta más verosímil; si lo que allí pasó nunca podremos saberlo del todo, puesto que no estábamos allí puestos; y si vivimos en el mundo en el que vivimos actualmente, esto es, en la actualidad: resolvamos este asunto como Dios manda: votemos.  ¿Quién cree  que la violó? ¿Y quién cree que no, que en verdad todo es un montaje de la camarera –según Fidel Castro la CIA podría estar detrás– para sacar pasta?

Yo, que he leído los periódicos, lo tengo clarísimo.

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La política y los imputados: Principios y derivas de la Justicia poética (X)

Estos apuntes escritos hacia adentro. La relación de compensación que cumple la justicia poética respecto del achicamiento de la política, tiene varios nudos importantes. En abstracto, la sustitución del sujeto político por la víctima universal. Más de estar por casa, el ruego de que la imputación suponga la exclusión automática de las listas electorales. Que por mucho que nos parezca democráticamente impecable, en verdad supone sentar a los fiscales en la silla del juez. Esto es, subordinar aún más el poder judicial al poder ejecutivo de lo que ya está. ¿Qué habría pasado con Bildu si hubiera bastado únicamente la opinión de la Fiscalía General del Estado respecto de sus listas e integrantes?

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¡Bien por Soledad Gallego-Díaz!

¡Bien por Nueva York!

Primero. Muchas mujeres nos alegramos, mucho, de que la justicia de Nueva York haya escuchado con respeto la denuncia por intento de violación y abuso sexual presentada por una camarera, inmigrante de origen guineano, contra un poderoso funcionario internacional. Nos alegramos de que haya detenido al sospechoso, de que haya abierto una rápida investigación para determinar la solidez de las pruebas en su contra y de que, a la vista de esa investigación, le haya procesado. Se demuestre finalmente su culpabilidad o no, el comportamiento de la policía y de la justicia de Nueva York ha sido, en ese punto, y al margen de cualquier otra circunstancia seguramente censurable, admirable y correcto. Y debe reconocerse así.

Segundo. Muchas mujeres estamos indignadas con la reacción de un grupo de comentaristas, especialmente franceses, que en su defensa de Dominique Strauss-Kahn, han recurrido, sin rubor, al más antiguo y deleznable recurso machista: trasladar la sospecha a la víctima, de manera que pase de ser una mujer posiblemente agredida a una probable prostituta ávida de dinero. DSK se merece la presunción de inocencia. Su posible víctima, no.

Muchas mujeres estamos hartas de ese tipo de comportamiento, analizado en miles de estudios, porque amedrenta a las víctimas y tiene un efecto perverso sobre las denuncias. Ha costado años de trabajo que las mujeres se atrevan a denunciar los abusos sexuales como para que ese grupo de comentaristas no sea consciente de lo ruin de su actitud. Volcar la sospecha sobre la posible víctima es mucho más repugnante que el reprochable hábito de la justicia de Nueva York de exponer ante las cámaras de medio mundo a un sospechoso, sobre todo si es famoso, pese a que debería estar protegido por la presunción de inocencia.

Nos indigna que Bernard-Henri Lévy asegure que en la mayoría de los hoteles de Nueva York las camareras no entran solas en las habitaciones de los huéspedes, lo que cualquier persona que haya viajado a esa ciudad y se haya alojado en ese tipo de hoteles sabe que es absolutamente falso. Nos asombra que Jean Marie Colombani deslice en un artículo la idea de que la acusación puede deberse a diferentes sensibilidades a la hora de encarar una conducta sexual. A Strauss-Kahn no se le ha acusado en Nueva York, en ningún momento, de ser ofensivamente insistente en su propuesta de mantener relaciones sexuales, ni tan siquiera de forzar a una empleada en una posición de clara inferioridad a recibir un beso. Se le acusó de intento de violación y de abusos sexuales, algo que no es cuestión de percepciones culturales, sino un atentado contra los derechos humanos.

Nos desconcierta que una conocida comentarista de Le Point, Anna Cabana, haya descrito en estos términos la comparecencia de DSK ante la justicia norteamericana: “Estaba transfigurado por una cólera sombría y orgullosa. (…) Si me atrevo a escribir esta paradoja, les diría que este hombre, desembarazado de su dandismo por la gravedad de las circunstancias, no ha estado nunca tan hermoso”.

Nos asombra que los medios de comunicación, franceses e internacionales, hayan permanecido tan pasivos ante los repetidos comentarios sobre la “adicción al sexo” del director del FMI. La vida sexual de los políticos es asunto privado, siempre que no cometan delitos ni pregonen públicamente lo contrario de lo que practican. Pero la hipersexualidad, un término médico, define a una persona que busca saciar el deseo sexual de una manera compulsiva y obsesiva, una alteración seria que influye en el comportamiento de quien lo sufre. Si hubieran existido repetidos comentarios sobre cualquier otra alteración de comportamiento en DSK (consumiera cocaína o fuera simplemente cleptómano), es muy probable que esos medios se lo hubieran tomado mucho más en serio. Pero parece que incidentes relacionados con la eventual adicción sexual de Dominique Strauss-Kahn solo provocaron sonrisas entre sus colegas a este lado del océano. –

SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ, El País, 22/5/2011

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La presunción de culpabilidad: Principios (y derivas) de la Justicia poética (IX)

Hace gracia comprobar hasta qué punto la presunción de inocencia está siendo sustituida por la presunción de culpabilidad, sin que se deje oír el más mínimo quejido. Donde mejor se ve no es en las henchidas declaraciones de principios, sino en las aparentemente menos ideologizadas muletillas de la información diaria. Que esa inversión se exhiba justamente en las noticias que reivindican la inocencia de los perseguidos, es para echarse a temblar.

Es el caso de la noticia que da hoy El País sobre las 331 reclamaciones tramitadas por el Ministerio de Justicia en 2010:

Justicia tramita 29 casos de presos inocentes, otros 288 de personas que acabaron como preventivas entre rejas y luego fueron absueltas y otros 14 de detenidos por órdenes de captura equivocadas

dice la noticia. Lo interesante es la distinción entre presos inocentes y preventivos que fueron absueltos, como cuando dice que quienes reclaman han sido víctimas

de autos de prisión contra sospechosos que, tras meses presos, acaban absueltos; y, los más graves, de errores garrafales que llevan a la cárcel a personas totalmente inocentes.

La única razón para discriminar entre unos y otros la concede el ministerio, pero en el último párrafo: “El argumento es que se trata de sospechosos que alcanzan la absolución por falta de pruebas.” Es decir, que salvo resolución judicial expresa que certifique la inocencia del procesado, el ministerio los considera sospechosos con razón y sin derecho a indemnización.

Se trata de un truco legal como otro cualquiera para denegar a los que han sido procesados injustamente el derecho a que se repare su daño. Pero traducir esa falacia oficial como una distinción de hecho en los periódicos, equivale a suponer que quien pasa meses en la cárcel sin que se demuestre su culpabilidad, no es un “preso inocente”, sino un presunto culpable a falta de confirmación oficial.

Alguien que no es totalmente culpable. Todavía.

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