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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Una crítica en abierto

El contraste entre las cosas y la descripción del que las niega es tan perfecto que basta poner aquellas a continuación de ésta para que la falsificación aparezca como lo que es: perfectamente cierta. La verdad, incluso muda como (a)parece en los estertores de la actualidad, siempre acaba vengándose, tanto más a gusto si es con este escándalo íntimo. El contenido de la crítica de mañana coincide exactamente con la forma que me habría gustado darle hoy, por lo que celebro nuestra absoluta falta de originalidad.

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Mañana estreno blog en Terra.es

Será una panorámica diaria por las historias más interesantes de los medios internacionales y se llamará

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La novela, ese invento de la imprenta (IV)

[1] La sospecha metódica es que la literatura en su actual especificidad puede ya comenzar a ser interrogada en tanto que resultado de una mutación histórica sumamente compleja pero de alcances análogos a los de la invención de la escritura fonética o la generalización de la imprenta (y su correlato obligado: el formato libro y la figura del lector privado que inaugura un ámbito nuevo de experiencia: el de la lectura solitaria y silenciosa).

[2] La generalización de la lectura privada y silenciosa es condición de posibilidad de un ámbito nuevo de experiencia que trastoca profundamente la alianza entre las palabras y las cosas, abriéndola en la dirección que va a constituir el espacio de nuestra modernidad. Recordemos tan sólo, a título de ejemplo, tres de las dimensiones de esta nueva experiencia que halla en la lectura privada y silenciosa su instancia mayeútica: la experiencia de un nuevo modo de religiosidad (por ejemplo, Lutero y el libre examen); la de una nueva forma de racionalidad apoyada en la subjetividad como principio (por ejemplo, Descartes y el discurso del método); la de una nueva narrativa prosaica de nuestra experiencia del mundo (cuyo modelo será la forma “novela”), enfrentada a la magia de las antiguas leyendas (literalmente: “cosas para ser leídas”), criminalizadas ahora como obra de la sinrazón (por ejemplo, en las andanzas del Quijote y Sancho). [negrita mía]

[3] El punto de partida, amablemente polémico, podríamos sentarlo parafraseando, tal vez parodiando, las últimas palabras de Les mots et les choses de Foucault, y decir entonces: “La literatura es un invento reciente…” Aunque quizá fuera más cauto y preciso repetir las palabras de su conferencia “Langange et Littérature” (1964), y decir: “…si le rapport de l’oeuvre d’Euripide à notre langue est bien littérature, le raport de cette même oeuvre au langage grec n’était certainement pas de la littérature”.

[4] Nota y cita de Les mots et les choses…

[5] El 31 de enero de 1837, Goethe (en quien reconocemos a una figura emblemática de ese umbral entre el fin del clasicismo de la elocuencia y el nacimiento de la expresividad literaria) le comenta a Eckermann: “La literatura nacional ya no tiene hoy en día demasiado sentido; ha llegado el tiempo de la literatura universal (Weltliteratur), y todos deben trabajar hoy para apresurar este tiempo.”

[6] Nota a la cita de GoetheConversaciones con Goethe en los últimos años de su vida, 1836-1848. H.G. Gadamer comenta los alcances de este acontecimiento así: “Lo que se incluye en la literatura universal tiene su lugar en la conciencia de todos. Pertenece al “mundo” (Welt). Ahora bien, el mundo que se atribuye a sí mismo una obra de la literatura universal puede estar separado por una distancia inmensa respecto al mundo original al que habló dicha obra. En consecuencia no se trata con toda seguridad del mismo “mundo”. Sin embargo, el sentido normativo contenido en el concepto de la literatura universal sigue queriendo decir que las obras que pertenecen a ella siguen diciendo algo, aunque el mundo al que hablan sea completamente distinto. La misma existencia de una literatura traducida demuestra que en tales obras se representa algo que posee verdad y validez siempre y para todos. [n.m] Por lo tanto la literatura universal no es en modo alguno una figura enajenada de lo que constituye el modo de ser una obra según su determinación original. Por el contraria, es el modo de se histórico de la literatura en general lo que hace posible que algo pertenezca a la literatura universal”. Cfr. Verdad y método, Salamanca, Ed. Sígueme, 1977.

[7]  Una segunda dirección en esta compleja constitución de las condiciones de posibilidades de la literatura la abre la promulgación de la libertad de prensa – En España (donde, aunque suspendido, todavía existe el Santo Oficio) tendrá lugar con las Cortes de Cádiz, en 1812.

[8]  De las consecuencias que acarrea, podrían retenerse dos. Desde el punto de vista del autor, la modificación de su estatuto moral y jurídico (de su autoridad, si se prefiere decir así), es evidente. Recordemos, como un ejemplo más entre mil posibles, las palabras de Nietzsche en una carta a Peter Gast (Turín, 30 de octubre de 1888): “El día de mi cumpleaños he comenzado otra cosa que parece lograse y que se halla ya bastante avanzada. Se titula Ecce Homo o cómo se llega a ser lo que se es. Se trata, con gran audacia, de mí y de mis libros. Con este escrito no sólo he querido presentarme antes del gran acto solitario de la “Transvaloración”, sino que quiero también probar lo que puedo arriesgarme a hacer con el concepto alemán de la libertad de prensa. Mi inquietud es que se va a confiscar enseguida mi primer libro de la “Transvaloración” El Anticristo, y además, legalmente con todo derecho.”

Y en segundo lugar, desde el punto de vista del medio en el que se desenvuelve la palabra escrita, la libertad de imprenta va a conducir directamente al surgimiento de periodismo, y con él nacerá una nueva noción tutelar: la de opinión pública.

[¿Añadir?: Dos nuevas figuras: el crítico y el “intelectual”]

[9] El 24 de julio de 1793 se reconoce “la propriété lettéraire et artistique”, siguiendo los pasos de la sección 8 de la Constitución Federal de los Estados Unidos (1787). La noción de propiedad intelectual será la tercera de las grandes condiciones de posibilidad necesarias para la constitución del espacio de lo que hoy conocemos como literatura.

[10] Sin embargo, sí debería atenderse a una consecuencia mayor derivada de la promulgación de la propiedad intelectual, grave y no tan obvia [como la anterior, su mercantilización]. Se trata del modo como se altera profundamente la repetibilidad de lo escrito (que es el elemento mayor de lo que constituye el “ser memorable” que la escritura le concede a la voz). Desde la transformación forzosa del estatuto de los procedimientos de reescritura legítimos (versiones, refritos, traducciones…, amenazados siempre por la nueva noción de “plagio literario”), hasta el primado y los prestigios de la originalidad que moverá los afanes de toda vanguardia, pueden considerarse consecuencias directas de esta noción. Su paroxismo exangüe debe buscarse en la literatura académica curricular (propia al publish or perish), encenagada siempre en un mar de comillas, notas a pie de página, bibliografías secundarias, etc, que definen, no sólo un género literario nuevo, sino también un modelo de lo que en adelante se entenderá por rigor en el trabajo del crítico o del intelectual.

[11] Se dirá, y con razón, que tal vez no se haya presentado a este debate nada en conclusión sino una serie de afirmaciones tan manidas y sabidas como las que repiten que universidad, mercado y periodismo son hoy aquellas instancias específicas que enmarcan, y de modo estricto, nuestro espacio literario: sobredetermina[n] su producción (si se prefiere, su difusión) y encauzan el consumo (si se prefiere, su recepción). Es cierto. Sin embargo, si nos hemos detenido morosamente en señalar algunos de los detalles más emblemáticos del andamiaje que permite la aparición de un espacio llamado “literatura” ha sido con vistas a aportar a este debate un cierto régimen de atención posible, una inclinación específica para la reflexión, algo como otro ángulo para la mirada. Lo importante no son aquí los grandes condicionamientos exteriores que pesan sobre lo literario (presionándolo, vigilándolo, dirigiéndolo…), y que no son bien conocidos. Lo importante era señalar aquellas condiciones de posibilidad que permitieron su nacimiento y que, aún hoy, la hacen seguir siendo lo que es –hasta tal punto son interiores, indiscernibles pero presentes en cada uno de los gestos que constituyen los hábitos de su práctica. Es verosímil pensar que, si estas condiciones interiores que le dieron nacimiento desaparecieran, la literatura, tal y como hoy la conocemos, desaparecería también –y desaparecería para dar paso a otra cosa cuyos perfiles nos está vedado, nos es imposible siquiera imaginar. En cierto sentido, podría afirmarse que, desde el día mismo de su nacimiento, la literatura no ha hecho otra cosa sino encararse con el augurio presentido de su propia desaparición –y tratar de exorcizarlo, de demorarlo cuando menos… como a sabiendas de que aquello para lo que la literatura nos está preparando, cuyo advenimiento constituiría el triunfo de su noble y dramática tarea de dos siglos, exigirá también su propia desaparición…

Miguel Morey, La invención de la literatura (Apuntes para una arqueología).

Encuentros en Verines 1994.

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La novela, ese invento de la imprenta (II)

El corte de la cita de Piglia del otro día tenía truco: dejaba fuera la última frase: “Me parece que nosotros estamos planteando un problema que en general no es el que aparece cuando se discute. No estamos hablando de cómo cambia la circulación y el consumo de los textos. El problema más serio es si eso va a cambiar el modo de crear. Ese es el problema, pero sobre eso no tenemos respuesta.”

Así es: no tenemos respuesta.

Se plantea entonces el problema de cómo responder a la pregunta que nos estamos haciendo: ¿cómo transformará internet el arte de escribir, si arte fuera? El problema del método.

Apenas nos sirve la actualidad, por lo que dice Piglia: a estas horas, no tenemos respuesta (¡y es la hora del cierre!). Los cambios se producen tan a largo plazo, de forma tan lenta y cuesta tanto percibirlos, que casi parecen una forma de mineralización.

De ahí que convenga escarbar y volverse sobre la invención de la imprenta y sus consecuencias sobre la literatura. Porque manejamos el criterio de Benjamin: que ciertos cambios técnicos producen cambios en la escritura; y en concreto en la narración escrita. Y porque no hay mejor ejemplo para poner ese criterio a prueba.

(Añadir que lo que dice Benjamin para la narración (El narrador, La obra de arte en la época…., Calle de dirección única, y algún sitio más) es una postura generalizable: todas las herramientas informan las cosas que con ellas creamos, con mayor o menor libertad. La preeminencia de las formas redondas (¿es así?) en la alfarería es una consecuencia directa (¿inevitable?) de la invención del torno (ejemplo de Ferlosio, creo)).

Habrá que explicar a partir de aquí en qué sentido decimos que la novela es un invento de la imprenta: en uno preciso (por repetir un ejemplo) pero también ambiguo (porque en parte deja flotando la idea): en el mismo sentido que (¿Mairena?) dijo que las masas son un invento de la metralleta.

Por último, habrá que manosear dos ideas que cuesta mucho arrancar de ciertas manos. Lo que hoy llamamos literatura no ha existido siempre (aunque pueda ser más o menos discutible; así lo defiende Miguel Morey a partir de Foucault en La invención de la literatura, creo; y así lo ve también Rancière en Politique de la littérature: la literatura como régimen históricamente determinado del arte de escribir). Es decir, que no había literatura, lo que más o menos llamamos literatura todavía hoy, antes de la imprenta.

Lo importante es, insisto, la relación de la imprenta con la literatura: para ello, hay dos o tres textos bellísimos de Carlo Ginzburg: sobre el molinero cósmico, pero también sobre narración, conocimiento e historia…

En fin, eso se planteará más o menos con una intención polémica (pero sincera y con voluntad de acuerdo). Pero sobre todo lo que se defenderá es que no siempre ha habido novelas. Que las Novelas griegas a las que se refiere Manguel en la entrevista, no eran novelas en el mismo sentido (histórico, pero también literario) que lo es Madame Bovary (o El Quijote, claro) y lo son todas las que después le han seguido.

Esto se lo pregunté personalmente a Jaume Aguilar (amigo) y estudioso del mundo griego, que me contestó con la precaución de los eruditos:

Vaya por delante que la novela aparece de manera tardía en Grecia (siglos II-I a.C.), una época en la que no me siento muy cómodo para decir nada con pies y cabeza, pues ya sabe que las cuatro cosas que sé sobre Grecia son de época arcaica.

En fin, no me resisto tampoco a citar otro párrafo de su respuesta, porque es un poco lo que yo quería decir también al principio de todo esto, pero resulta que ya él lo había resumido entonces:

Así pues, en cierto sentido, no se puede hablar de novela sólo a partir de la imprenta (recuerda que la intención de Guttenberg era utilizar su invento para imprimir biblias y clásicos grecolatinos; nunca se le había pasado por la cabeza algo como “Amazon”). La principal diferencia entre la novela antigua y la moderna, no obstante, sí que en parte es la aparición de la imprenta porque con ella nace la literatura. Las formas “novelescas” antiguas todavía están empapadas de mecanismos a caballo entre la oralidad y la escritura (“auralidad” como dicen algunos), todavía debemos imaginarnos su recepción un poco como lo que hacían nuestros abuelos cuando se reunían en torno de un transistor para escuchar el “serial” o lo que fuera: una persona leyendo y varias escuchando, compartiendo una serie de códigos, una serie de historias. A partir de la imprenta, ya no hay marcha atrás y la lectura individual y la escritura desprovista de oralidad triunfan, como bien sabe. Cuando se empieza a escribir “para la imprenta”, nace lo que hoy llamamos literatura. Nace el texto, nace un modo de aprender, debatir, estudiar, debatir, discutir.

Todo es interesante en este párrafo, y en varios sentidos: la referencia a la intención de Guttenberg y cómo el invento se le fue de las manos; el nacimiento de la literatura; “la escritura desprovista de oralidad”; en fin, el texto.

Aún así, “a caballo” iban tirados los coches (de caballos) de los antiguos, pero los coches modernos de los que hablamos hoy son, en demasiados sentidos, otra cosa… (Se podría, igualmente, escribir sobre lo que de sustancial siga manteniéndose, pero aquí nos interesan las diferencias…) Así que se insistirá por ello en que la novela, dicho sea con todas las precauciones que convengan, para empezar las que señala José Luis Pardo en uno de sus ensayos de Nunca fue tan hermosa la basura (lo veremos), es sobre todo un invento de la imprenta.

Hay una última cosa que me interesa de aquella respuesta de Jaume, y que enlazará con lo que dice Rancière… y lo que a su modo ocupa el horizonte del ensayo de Pardo: la manera como la literatura (entre otras formas de narrar) informa la comunidad que la recibe y entre la que circula.

 “Los antiguos no prestaron mucha atención a la novela y dejaron perder los manuscritos (consideraban que era una lectura propia de mujeres y esclavos)”. [cursiva mía]

¿Qué escritura y qué comunidad nos estará inventando internet sin que lo sepamos?

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La novela, ese invento de la imprenta (I)

¿Cambiará internet la manera en que escribimos? Esa pregunta, que está en el titular del reportaje de hoy de El País sobre el “nuevo paradigma del escritor“, se queda sin respuesta en el cuerpo desviado del texto. Ocurre a menudo: el titular anuncia una indagación sobre los cambios en la creación literaria y el reportaje acaba recopilando datos y opiniones sobre la manera en que la distribución digital de la escritura está cambiando.

Durante el año que trabajé en la sección de Culturas del diario Público, yo también planteé esa pregunta a una decena de novelistas, ensayistas y filósofos: de Fernández Mallo a Alberto Manguel, de Jacques Rancière a Henry Jenkins, todos respondieron con paciencia, y más o menos detalle, a mi interés, generalmente al margen del tema que nos había convocado. Mención especial merece Ricardo Piglia, y no sólo porque lo sufriera dos veces: en el Festival Eñe de Montevideo de 2010 y en Madrid, durante unas jornadas sobre Borges en junio de 2011. También porque fue el que más interés mostró en la cuestión, seguramente porque es el más benjaminiano de todos.  (Para mí sigue siendo mucho más iluminador leer algunos textos de Walter Benjamin para entender la implicaciones culturales de todo lo digital, a pesar de que fueron escritos hace ochenta años, que las últimas noticias de pasado mañana.)

Sin embargo, nunca incluí lo más interesante de esas respuestas al transcribir luego las conversaciones, aunque sí lo que se refería a la respuesta habitual: la distribución y el consumo, e incluso el maridaje de palabra e imágenes. A veces porque nunca cabía, siempre porque en ocasiones me podía un cierto pudor: me interesaba mucho y personalmente todo aquello, así que debí ir poniéndolo inconscientemente a salvo, algo así como los poemas que escribías en el instituto. Piglia señaló explícitamente el cambio de registro, con Manguel enfrente: “Me parece que nosotros estamos planteando un problema que en general no es el que aparece cuando se discute. No estamos hablando de cómo cambia la circulación y el consumo de los textos. El problema más serio es si eso va a cambiar el modo de crear, los modos de producir.” Pude meterlo en el último párrafo, pero es que Piglia había llegado a hablar del “estilo indirecto libre” y su relación con la imprenta: lo cual me pareció un hallazgo, pero impublicable.

Los blogs son una forma generalizada de decir Yo después de ese último párrafo. Y entiéndaseme: la generalización no afecta sólo a la herramienta: Yo lo dice cualquiera.

Así que, dado que la pregunta me sigue interesando y las respuestas que leo me siguen sin interesar, voy a volver aquí sobre los caminos abandonados entonces. Todo lo cual, dicho sea paso, viene a cuento porque me servirá también de prólogo a una nueva aventura.

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«La literatura no es una cuestión de jerarquías, sino de intensidad y misterio»

La escritura después de Borges

Ricardo Piglia (Adogué, 1941) y Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) tienen algunas cosas en común: escritores de muchos registros y géneros distintos, los dos viven y trabajan fuera de Argentina, su país de nacimiento. Piglia en Nueva York, en cuya Universidad de Princeton enseña Literatura Latinoamericana; Manguel, en los alrededores de Poitiers, Francia, donde ha reconstruido una vieja casa y reunido los 30.000 volúmenes de su biblioteca. Y conocen profundamente la obra de Borges. La semana pasada pasaron por Madrid, invitados por la Casa de América, para conmemorar el 25 aniversario de la muerte del autor de El Aleph, que se cumplió el pasado martes: murió el 14 de junio de 1986 en Ginebra, la misma ciudad en la que [H]abía nacido, [en Buenos Aires], casi 87 años antes.

Público: ¿Qué lectura de Borges les parece que predomina hoy: la del autor ‘argentino’ o la del autor ‘universal’, desterritorializado?

Ricardo Piglia: Yo creo que él tiene una recomendación sobre la lectura que siempre me pareció muy productiva: uno tiene que localizar al que lee, no al texto que está leyendo. Es decir, uno tiene que leer desde un lugar específico. No leer en abstracto, desde cualquier lugar. Ese lugar puede ser geográfico o puede ser una posición. Uno puede leer, por ejemplo, como católico. O sea, el que lee también debe reflexionar desde donde lee. Y no tanto preguntarse desde dónde está escrito ese texto.

Alberto Manguel: Sí, además él decía que ser argentino era un acto de fe. Es inevitable, construimos la definición que nos convenga. Pero es cierto: es el texto el que es universal, y el lector es particular.

Público: Como crítico, ¿fue más importante por la nueva forma de abordar los textos que por sus propios aciertos a la hora de ensalzar o desterrar a ciertos autores? Manguel ha escrito en alguna ocasión que se podría construir una historia de la gran literatura sólo a partir de los que él descartó.

Manguel: Sí, porque eso era un juicio de él. No le gusta Balzac, no le gusta Zola, le gusta poco Baudelaire…

Piglia: No le gusta Proust.

Manguel: No le gusta Proust [risas]. Piglia: Ahí hay un problema con Borges. Nosotros mismos teníamos ese problema. Borges tiene un solo modo de ver la literatura. Y, a veces, los discípulos reproducían ese modo. Muchos, un poco idiotas, hacían el mismo gesto de Borges y decían: no, me gusta más Stevenson que Joyce. Eso sólo era cierto para Borges, que por lo demás había leído con mucho cuidado a Joyce.

Manguel: Si tomamos a Borges como el indicador de la forma en que hay que leer la literatura, el 80% de la literatura universal no existiría.

Público: Los dos han subrayado la tensión entre la vida y la literatura para entender a Borges. Pero Ricardo Piglia afirma que Borges siempre mantuvo esa tensión, mientras que según Alberto Manguel para él la vida era sólo la confirmación de lo leído.

Manguel: Sí, una confirmación o una denegación o una desilusión. Le pasó una experiencia muy concreta al final de su vida. Él siempre había adorado los tigres. La figura del tigre, estética y simbólicamente. Bueno, pues había un millonario que tenía tigres en su estancia. Y lo invitó, y un tigre se le acercó: un verdadero tigre. Y Borges estaba asqueado porque olía a carne podrida.

Piglia: [Risas] Claro, un verdadero tigre no es el tigre platónico… Yo celebro esa posición de Borges, frente a una posición más bien populista, muy común en América Latina, de que el escritor debe vivir, debe ser, no sé, camionero, porque esas cosas parece que ayudan a la literatura. Ayudan a la vida de esa persona, pero luego hay que ver lo que uno escribe, ¿no? Pero, al mismo tiempo, Borges habla de esa nostalgia de la experiencia, en ese sentido yo decía que mantiene siempre los dos puntos. Es un escritor que, cuando está en la biblioteca, dice: qué bueno sería estar en la Pampa cabalgando con un caballo. Y cuando está en la Pampa, dice: me tengo que volver a leer.

Público: Borges tenía un interés profundo por la narración en sí, por la estructura de la historia. Y a menudo la encontraba fuera de la novela. Sobre todo en los cuentos populares, los wésterns, en el cine más comercial de Hollywood.

Piglia: En eso hay cuestiones que él plantea ya en los años treinta, diciendo: a todo el mundo le gusta La pasión de Juana de Arco de Dreyer, pero a mí en cambio me gusta Aleluya, qué se yo, algo más comercial. O sea, siempre tuvo posiciones firmes: en tanto que no le gustaba el cine artístico europeo y sí las películas de género. Le gustaba la narración.

Manguel: Sí, y creía que en la narración, y la narración épica era importante, el cuento servía mucho mejor que la novela. Decía que inventar una historia era fascinante, pero que escribir una novela era una exageración. Y decía, y esto sigue siendo verdad hoy, que uno puede recordar un cuento, pero no puede recordar Madame Bovary.

Piglia: En el género policial, él valoraba sobre todo los cuentos. Decía que las estructuras de género cuando eran llevadas a las novelas perdían en intensidad. Eso es muy contemporáneo.

Público: Él buceaba incluso un paso más allá: en la estructura de la literatura popular, en el sentido de ‘oral’, ¿eso también sigue siendo contemporáneo, o ahora está todo más intelectualizado?

Piglia: No, yo creo que una de las escenas contemporáneas más clásicas es esa idea de que no hay jerarquías, ¿no? Que probablemente sea un poco excesivo. Porque a mí me gusta el Pato Donald, pero me parece mejor Hamlet. Pero no creo que sea una cuestión de jerarquías, sino de intensidad y de misterio, de complejidad. Porque ¿cuál es la diferencia? En el fondo Borges lo entendió bien. Los géneros populares tienen esquemas, repiten módulos de narraciones, y eso es lo único que los diferencia de la alta literatura. La alta literatura quiere innovar, inventar formas nuevas, y el género popular tiende a repetir estereotipos. El detective, que está en todas las novelas negras; el melodrama, en el que siempre hay alguien que es abandonado. Y la gente quiere ver esa repetición.

Manguel: Sólo que la narración, tus novelas, por ejemplo, se tiene que apoyar en esas estructuras. Hay que apoyar lo que uno quiere contar sobre algo. Y esas estructuras populares son muy útiles. Ese eco permite al lector reconocer un esqueleto.

Público: En esos mismos años, en la década de los veinte del siglo pasado, también Walter Benjamin escribía sobre esa tensión. Y no necesariamente se habían leído entre ellos.

Piglia: No, no creo. Tuvieron algún cruce: a Blanqui. Borges lo cita casi en el mismo momento que lo utiliza también Benjamin. Estaban interesados en cosas muy similares. También en la cábala.

Manguel: En la idea de fragmento.

Piglia: Sí, pero la distinción entre novela y narración de Benjamin es muy útil para entender a Borges. Siempre ha habido narración, dice Benjamin, pero no siempre ha habido novela. Como diciendo: hay un río, que viene desde el origen y que seguirá, pero la novela es un momento, no es la única manera de narrar.

Manguel: Y Borges lo dice en uno de sus ensayos sobre la novela, citando un poco burlonamente a Menéndez Pelayo en Orígenes de la novela, donde dice que lo que hay son narraciones que un día se convertirán en novelas.

Público: De Borges y Benjamin se abusa para construir todo tipo de metáforas sobre el nuevo entorno que supone internet. No sé si están de acuerdo en que la novela es un invento de la imprenta. Si así fuera, ¿internet puede transformar la narración de la misma manera que lo hizo la imprenta?

Piglia: Sí. Si uno maneja el criterio, que es un poco el criterio de Benjamin, de que ciertos medios técnicos producen nuevas formas de escritura, tendría que imaginar que no inmediatamente. Porque todavía estamos en un proceso de cambio. En el futuro quizá aparezcan nuevas formas de escritura que reflejen las posibilidades de esos nuevos medios técnicos. Pero la novela no es solamente la imprenta.

Manguel: Tenemos que remontar la novela a las novelas griegas: el pathos erótico en las novelas de amor griegas, que son obviamente novelas. No necesitan esperar a la imprenta para existir. Las novelas romanas tampoco.

Público: Pero ¿esas novelas podían ser leídas como pudieron serlo a partir de la imprenta: cada uno en su casa, sin importar a qué edad, etc?

Manguel: Bueno, en la medida que se tuviese acceso a ese texto. Obviamente no es como cuando la imprenta empieza a producir cientos de miles de ejemplares. Quizás lo que modifique los distintos géneros por la aparición de la imprenta es la presencia de esa multiplicidad y también del formato. Yo creo que consciente o inconscientemente, a partir de la impresión de libros, el escritor empieza a visualizar el libro objeto. Creo que la nueva tecnología elimina un poco esa concepción, esa encarnación del texto y la jerarquía de esa encarnación. En la red todo se parece. Y eso sí, yo creo, puede dar lugar a otra forma de escribir. Pero que tampoco será absolutamente nueva, porque no existen esas formas absolutamente nuevas. El rollo de [Juan] Benet [sobre el que escribió en 1969 su novela Una meditación, sin saltos de párrafo ni capítulos] corresponde a la electrónica.

Piglia: Porque me parece que nosotros estamos planteando un problema que en general no es el que aparece cuando se discute. No estamos hablando de cómo cambia la circulación y el consumo de los textos. El problema más serio es si eso va a cambiar el modo de crear. Ese es el problema, pero sobre eso no tenemos respuesta.

Fuente: Público

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Sigue leyendo

Esta es la nueva página de libros y escritores en internet:


www.sigueleyendo.es


Sean todos bienvenidos. Están en su casa.

Un saludo.

Cristina.



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Jacques Rancière, en Madrid

Jacques Ranciére estará esta tarde,  a las 16.30 horas, en el Paraninfo de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid (Metro: Ciudad Universitaria), para hablar sobre “Estética y política”.

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¿Quién filtrará una exclusiva a un diario con muros de pago?

Toda esta historia de Wikileaks, todo este peerse en tinaja para que retumbe, aclara al menos una cosa interesante para el periodismo que viene. ¿Elegirá alguna vez Wikileaks a un diario con muros de pago en Internet para filtrar sus noticias como altavoz? Digo Wikileaks porque comprendo que imaginar que alguien quiera ya filtrar algo a un periódico es un esfuerzo demasiado grande para nuestros días. Mi impresión es que no, que nunca lo haría. Si se hubiera producido, que hubieran elegido al El Mundo, por ejemplo, ¿qué habrían hecho Orbyt y Elmundo.es? ¿Habrían mantenido el acceso restringido; y con ello la imposibilidad de recomendar y rebotar las informaciones en las redes sociales, etc…? Sea cual sea la respuesta, evidencia una cosa: que estamos hablando de otra cosa, no del mismo negocio que buscaba la mayor repercusión pública de sus noticias. Porque si mantuvieran el acceso, supondría una barrera difícilmente justificable: imaginemos igualmente un nuevo 11-M. Y si no la mantuvieran, sería como reconocer su propio fracaso: hoy que de verdad tenemos una noticia, la damos en abierto.

Todo lo cual, ya lo había dicho Clay Shirky hace semanas.

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Nueva York, capital de La Mancha

“Ahora [¡por fin!] tenemos el primer gran distribuidor de ebooks en español, y no está en Barcelona ni en Buenos Aires sino…¿en Nueva York? ¿Cómo es eso? ¿Uno de los grandes distribuidores on-line lanzando e-books de un grupo internacional de editores dirigido a lectores en…Estados Unidos? ¿Ese mercado tan cerrado, que tanto se mira el ombligo?”.

Pues sí, Barnes&Noble, el mayor distribuidor de ebooks en español del mundo, directo al lector. El párrafo  y la noticia original (la traducción es urgente y libre) están aquí.

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