ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Última actualización

A partir de hoy, el dominio http://www.ladoblehelice.com acoge la transformación de este blog en otra cosa. Esta herramienta que durante casi dos años y medio ha estado al servicio de un proyecto, la investigación y escritura de un libro, Justicia poética, deja por tanto de actualizarse.

Pero no se vayan, porque todo seguirá donde estaba: www.ladoblehelice.com

Anuncios

Archivado en: Artistas invitados, Correspondencias, Cortocircuitos, El autor y el dinero, El Ministerio y el indulto, El taller, Epistemología de la vida cotidiana, Factualidades, Justicia poética, en la calle, La pistola humeante, Margarita Robles Fernández, Papelera, Rafael Ricardi, Uncategorized

Justicia Poética está en las librerías

Archivado en: Artistas invitados, Correspondencias, Cortocircuitos, El autor y el dinero, El Ministerio y el indulto, El taller, Epistemología de la vida cotidiana, Justicia poética, en la calle, La pistola humeante, Margarita Robles Fernández, Papelera, Rafael Ricardi, Uncategorized

Poco más de un mes

El libro estará en las librerías españolas a finales de enero. He cambiado el título. Y estoy muy contento: Falsos testigos del porvenir era mucho más oscuro que Justicia poética. Los dos recogen bien el tiempo del que habla, pero el de la edición argentina lo hacía sólo calificando a sus funcionarios, que levantan acta del mundo como si el mundo fuera una hoja en blanco. Este de la edición española anuncia mejor el estilo y el tema del libro, que es para lo que sirven los títulos. Y es, aun con todas sus ambigüedades, más transparente. La portada de Martín Elfman, como ya dije, creo que  ilustra a la perfección la tesis del libro. Tanto, que incluso contiene la doble lectura que el texto no llega a desarrollar del todo y que no sé si alguna vez escribiré. Los párrafos de la contraportada mejoraron mucho después de pasar por las manos de Arantxa Martínez. En fin, que no me importaría que me juzguen no sólo por el contenido, sino también por la forma del libro, cosa que agradezco a Elena Ramírez, editora de Seix Barral, hacia donde un mensajero se acaba de llevar las pruebas corregidas.

Archivado en: Artistas invitados, Correspondencias, Cortocircuitos, El autor y el dinero, El Ministerio y el indulto, El taller, Epistemología de la vida cotidiana, La pistola humeante, Margarita Robles Fernández, Papelera, Rafael Ricardi, Uncategorized

Edición española

La versión española de Falsos testigos del porvenir aparecerá  en febrero de 2010, publicada por Seix Barral.

Así que ahora que empiezo a trabajar con vistas a esa reedición, y trabajaré hasta que termine agosto, agradezco los comentarios, sugerencias y correcciones que los lectores de la edición argentina quieran dejar aquí.

Archivado en: Artistas invitados, Correspondencias, Cortocircuitos, El autor y el dinero, El Ministerio y el indulto, El taller, Epistemología de la vida cotidiana, La pistola humeante, Margarita Robles Fernández, Papelera, Rafael Ricardi, Uncategorized

El libro está en la calle

Falsos testigos del porvenir ya está disponible aquí.

portada_falsos_testigos_por

Archivado en: Artistas invitados, Correspondencias, Cortocircuitos, El autor y el dinero, El Ministerio y el indulto, El taller, Epistemología de la vida cotidiana, La pistola humeante, Margarita Robles Fernández, Papelera, Rafael Ricardi, Uncategorized

Efecto gabardina

Con este abrirse la gabardina y quedarse en bañador, que voy  a quitar también, creo que culmina la cura de adelgazamiento del autor. Este entrar a matar con el estoque, resulta una charlotada. Me gustaba mucho lo del grumo. Ya ven. 

 

***

 

El camino más recto para llegar a la verdad de las cosas es entregarse a ellas, quitándote de en medio, sin esperar nada. Una madrugada de julio de 2008 me di cuenta de que aquellos desvelos míos eran un desvío, un rodeo de mis prejuicios. Esos días desayunaba y bajaba a la playa hasta la hora de comer. En bañador, con un millón de turistas detrás y el mar por delante, el sol te devuelve tu escala diminuta, y una enorme curiosidad por todo lo demás. Después de una ducha, la siesta es un hermoso y profundo olvido del que se suele salir con ganas, pero sin culpa. Luego me sentaba a escribir. Hacía tiempo que no abría este sumario, que no pensaba en las conversaciones con Andreu y Robles, que no recordaba el eco roto de la pregunta de Tommouhi: “¿dónde está toda la sangre que me sacaron?”, y una de esas noches, con las manos sobre los folios y la mesa, y no llevándomelas todo el rato a la cabeza, leí al fin la sentencia. Todavía saboreo este grumo en su lengua aséptica.

Archivado en: Papelera

Dientes de leche

Al cabo de muchas de las conversaciones más importantes de estos años, me queda una deprimente impresión sobre la opinión que los actores tienen del periodista. No digo que no sea un problema estrictamente personal, que yo sea un don nadie y para eso se preparen y así me reciban. Que además no preguntaba en nombre de ningún medio del que pudieran temer una cierta repercusión. Y desde luego tiene mucho que ver también con lo desenfocado del tema, tan poco actual y tan poco efervescente: yo no preguntaba por Madeleine, sino por un moro que nadie sabe pronunciar su nombre. No digo que todo eso no sea importante. Digo que no es suficiente para entender por qué me recibían sin ni siquiera haber repasado el tema de conversación, con una confianza descomunal en la retórica, con una seguridad bananera en su savoir-faire. Hablo de gente en permanente contacto con los periodistas. No es inexperiencia. Los magistrados Robles y Andreu, los abogados de pago de Tommouhi, el sargento López de la Policía Judicial de Tarragona, el fiscal Mena: todos tienen graves responsabilidades en este caso y todos encaraban la conversación como si sus chapuzas quedaran por encima del bien y del mal. De hecho allí llevan años. Ya me gustaría poder decir que para descubrirlas me ha hecho falta una constancia heroica, un aliento homérico, una obsesión suicida. Estaban a la vista de cualquiera que sepa leer. La impresión es que de tanto respetar el argumento de autoridad hemos llegado a este punto en que la autoridad ya no cree que haga falta ningún argumento.

Archivado en: Papelera

La fe privada en un mundo sin notarios

Definitivamente, el bosquejo sobre la desaparición del público, ha desaparecido. Las tres primeras notas que ya publiqué aquí. La cuarta, sin embargo, ha encontrado su lugar natural en el texto, y estas páginas de la quinta, más que a la papelera, irán al reciclado. Un día podrían servir para encender el fuego.

***

5.- (Los notarios) El XX de Octubre de 2006, en el programa Els Matins de TV3, entró en directo un preso que había compartido sombra con Tommouhi en Can Brians, Joaquín Rey. Por teléfono, explicó que años antes también había conocido a García Carbonell en la cárcel de Quatre Camins, que éste le había confesado ser el autor de las violaciones de 1991 por las que estaba pagando Ahmed Tommouhi y que él -Rey– lo había denunciado ante el juez de vigilancia penitenciaria. La importancia de la revelación no impidió, de acuerdo a los cánones televisivos españoles, que la información quedara disuelta en una nube imprecisa de fechas, juzgados y (sin)razones de última hora. ¿Por qué nunca se lo había comentado al propio Tommouhi, cuando se veían en la cárcel, para que este lo pusiera en conocimiento de los abogados, y sí lo hacía ahora por televisión? Una sencilla pregunta que nadie planteó, seguramente porque cuestionaba la propia puesta en escena. Días después llamé a Rey por teléfono y su número de móvil ya no existía, y según me comentaron, había puesto precio a su exclusiva. Todo esto no desmiente que esa denuncia se haya presentado efectivamente, sólo digo que yo no lo he podido confirmar. Pero no es eso lo que interesa ahora. Cuando Tommouhi y Claret se encontraron en la Audiencia, el ex abogado explicó al periodista que esa declaración podía constituir un hecho nuevo suficientemente relevante como para instar un nuevo recurso de revisión, aunque convendría registrarla ante notario. Si al periodista, Jordi Panyella, no se le ocurrió incluir la pregunta “¿y a qué espera usted, en tanto que abogado defensor, para iniciar los trámites?” en su crónica, quizá fuera porque le faltaron reflejos, pero lo que es indiscutible es que su inclusión habría acabado con la ficción inocente-y-abogado-buscando-pruebas que da por hecho esa noticia falsa. Es decir, habría echado abajo la representación. Meses después, Ahmed Tommouhi, paseando por Barcelona y recordando todo aquello, lanzó la pregunta que me interesa ahora: “¿para qué hace falta un notario, si lo dijo en la televisión, delante de todo el mundo?” Contra lo que pueda parecer, no es sólo la pregunta de quien no entiende los formalismos legales. Es más radical que todo esto: es una pregunta pre-espectacular, pero que no por eso, o precisamente por eso, deja de ser inquietante. Un notario puede dar fe pública, entre otras cosas, de que una declaración se ha producido, precisamente porque el público ha delegado en él su función como garante de que algo ha ocurrido. Por eso, un notario no puede, por definición, garantizar nada que no sea públicamente controlable. No puede, por ejemplo, garantizar la profunda convicción que mueve a alguien a dictar un testamento y que podría llegar a invalidar sus consecuencias: simplemente puede garantizar el dictado. Algo de eso había también en el mandato del periodismo, y por eso hay quien ha visto en él a un notario de la realidad*. La pregunta de Tommouhi se sostiene sobre la convicción de que la verdad es una, y que es la mentira la que tiene mil caras, algo que cualquier contemporáneo de Montaigne seguramente compartía. En último término, Tommouhi cree que el público puede ser también testigo, notario de lo que se le cuenta. La progresiva inversión de esa premisa, en la que la verdad depende del cristal con que se mire y en consecuencia puede empaquetarse a gusto del consumidor, esa privatización, destruye al mismo tiempo la posibilidad de que los diversos intermediarios, notarios y periodistas, entre ellos, pero también políticos, alcancen a decir nada verdadero del mundo del que hablan, más allá de la provinciana defensa de sus intereses, nada que no sea lograr agrandar la parte del “público objetivo” –así lo llaman– que se identifica con su particular visión de la nada. Esa inversión supone en último término la irrelevancia del público. La desaparición del público como espejo del mundo supone a la vez la destrucción de la idea de mundo como lugar común entre víctimas y verdugos, jueces y condenados, periodistas y lectores, políticos y electores: esto es, un lugar en el que se puedan hacer preguntas. El círculo de esa destrucción se cuadra con la imagen de un político, Artur Mas, registrando ante notario sus promesas electorales durante la última campaña catalana, para salir por la tele.

*Arcadi Espada.

Archivado en: Epistemología de la vida cotidiana, Papelera

No sé, no sé

A veces te parece que has arrancado el acorde. Pero no siempre llegas a estar seguro de qué teclas has tocado, y no te fías de ese tono tan grave.  No sé. Esto, escrito contra la elegíaca  impotencia con que La Vanguardia dio la noticia de la muerte de Mounib,  él que había dicho en antena que antes que pedir perdón por algo que no había hecho, prefería morir en la cárcel a tener que vivir el resto de sus días de rodillas, también lo voy a quitar.

Mounib hablaba del indulto, y  lo que yo quería apuntalar con esto es que era una forma de traicionar su memoria, su verdad y la posibilidad de hacerla nuestra (veri-ficar), andar forzando los hechos para absolver su nombre en los periódicos, después de que su cuerpo hubiera amanecido muerto en su celda. Por arriba y por abajo de este párrafo, algo asaetado también, eso es lo que he intentado mantener. 

***

 

La muerte representa un límite insalvable para la influencia del relato periodístico. El presente y la verdad van tiesos sobre la cruz, de párrafo en párrafo, y el único recurso, investigar la vida del muerto, no servirá para desenclavarlos. En ese momento crucial la línea que separa la ficción de lo real aparece fría, irrevocable e indiferente a los juegos de palabras. Pero la muerte no es el final, sino el principio del relato. Así como ella no se justifica, el periodista tampoco tiene por qué traspasar el límite de lo que no sabe. Los hechos  son el porque sí del periodismo, y como todo lo que se hace por principio, no hay que forzar su reconciliación con el resultado.

 

Archivado en: Papelera

Del racismo

Estas páginas explican mi opinión sobre la relación entre el racismo y este caso. Una relación más bien fantasmagórica. Quizá lo sea también mi opinión. En cualquier caso, me quedaré sólo con la opinión de Tommouhi del final. Todo el mundo se preguntará en un momento u otro por esa relación, y no he hallado argumento ni prueba más consistente que la impresión con que Tommouhi la desmiente. Por lo demás,  el libro se interesa en presentar los hechos más allá de cualquier polémica de sentido, por lo que dichas páginas están ya en la papelera.

 

P.D. La hora de este post. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, sobre todo si tu ordenador sufre convulsiones desde primeras horas de la tarde.  

***

 

La carta [que SOS Racismo envió al Gobierno en abril de 2004] planteaba la cuestión del racismo: “existe una duda razonable sobre la influencia que en su condena tuvieron los rasgos de las personas condenadas, de orígen magrebí, y la discriminación que por ello se pudo producir.” Era un argumento que Tote Henares había subrayado en el resumen que hizo para la asocación, y que era la fuente de la que el representante de SOS bebía:

“Además, de lo puramente judicial, hay que tener en cuenta, otros aspectos. ¿Por qué la policía decide investigar a Tommouhi y sus compañeros de pensión? Parece que, simplemente, porque son marroquíes y algunas víctimas habían descrito a los agresores como de aspecto árabe. Si los hubieran descrito con aspecto nórdico ¿hubiera investigado la policía a alguien por el simple hecho de registrarse en un hotel? Si no hubieran sido marroquíes ¿habrían sido confundidos, tan fácilmente, por muchas de las víctimas, incluso estando en la cárcel? Los prejuicios contra los “moros” ¿pueden hacer que sea más creíble una acusación de violación?”

Las preguntas de Henares nunca podrán responderse. Pueden formularse otras: si el fin de semana después de que una chica de Terrassa hubiera denunciado que dos nórdicos habían intentado violarla: ¿habría investigado la policía a dos nórdicos por el simple hecho de registrarse en aquella pensión de Terrassa? No es raro que la investigación policial brote del puro azar. Más raro es que el azar se convierta, como en este caso, en el único argumento de la obra. La explicación de SOS Racismo, por lo demás, venía troquelada ya por la propia naturaleza de la asociación.

La explicación fundada sobre el racismo no era nueva. Las manifestaciones que recorrieron Barcelona entre 1999 y 2001 lo hicieron en gran medida al paso de ese convencimiento: “si Tommouhi y Mounib fueran españoles ya estarían fuera de la prisión”, tituló La Vanguardia una entrevista a Nourredine Douah, el promotor de las movilizaciones. Los argumentos que remueven el inconsciente colectivo cogen vuelo con gran facilidad. La cuestión es saber qué datos y hechos sostienen ese reflejo frente al espejo. Que ese razonamiento surja entre quienes viven la experiencia del racismo burocrático y cotidiano debería sorprender menos aún que en el caso de SOS Racismo. En la asociación Nahda, además, no era el único caso que conocían. Abdeslam Amghar, el compañero de celda de Tommouhi en La Modelo, había acudido también a esas manifestaciones. Pero su fulgurante éxito, de las repercusiones del éxito al menos, de ese tipo de argumentos, se deben seguramente a que ofrece grandes ventajas al público: Al final uno siempre acaba viéndose reflejado en el problema, generalmente como solución. Si la policía, los jueces y los políticos fueran tan poco racistas como yo, se indignaba el periodista al escribirlo anoche, y se indigna esta mañana, con el café humeante y el croissant en la mesa, su hipócrita lector. Luego sale uno camino del trabajo, reconfortado y fresco, como después de una ducha.

El argumento de que este caso se habría resuelto ya –“ya” era en 1999– si Tommouhi y Mounib fueran españoles ha tenido un largo aliento. La historia de Rafael Ricardi se lo cortó en seco nueve años después. Ricardi nació en Cádiz y entró a la cárcel del Puerto de Santa María cuando tenía 36 años condenado por una violación que no cometió. Era 1995 y la chica lo señaló. Una investigación policial –sobrevenida tras la detención de uno de los autores– aportó como prueba el análisis de semen de uno de los violadores, que no coincidía con el de Ricardi. La fiscalía denegó en un principio solicitar la revisión porque, alegó, Ricardi podía ser el otro: las violaciones habían sido cometidas por dos hombres, y en el caso por el que había sido condenado Ricardi sólo se había perfilado un código genético. Si la Fiscalía aceptó finalmente solicitar la revisión fue únicamente porque apareció un segundo resto de semen en una prenda descartada en su día, que tampoco era de Ricardi. La moraleja es que desde 2001 existía un informe del Instituto Nacional de Toxicología de Sevilla cuyas conclusiones alertaban del muy probable error, sin que nadie hubiera ordenado analizarlo. Estuvo ocho años más en la cárcel –trece en total– y ahora, con 49 años, espera a que el Supremo reconozca el error.

Ricardi era toxicómano y vivía debajo de un puente, así que los que defienden la explicación racista enseguida pueden desplazarla hacia la pobreza. Yo podría a su vez desplazarla con otros condenados por la cara: un abogado gallego, un ecuatoriano de Fuerteventura, el dueño de una academia de informática en Cádiz o un guardia jurado de El Puerto de Santa María. Las preguntas por la causa final no suelen conducir más allá del principio por el que se pregunta. Pero es interesante, al menos, oír qué dice el propio Tommouhi, cuáles fueron las impresiones que le quedaron de aquellos días. Semanas después de salir en libertad condicional, acudió al programa de Josep Cuní en la televisión pública catalana, Els Matins de TV-3. “¿Usted cree que su origen marroquí tuvo algo que ver en todo esto?”, le preguntaron. “No” dijo, y luego se explicó: “Yo, lo primero que pensé es que querían calmar a la gente. Y para que no hubiera muchas manifestaciones, quejándose de los jueces, de los policías, para calmarlos a ellos, nos cogieron a nosotros. También pensaba un poco en esto: en que no teníamos ningún apoyo. Ni uno. ¿Alguien nos apoyaba a nosotros para traer pruebas? Nadie. Había que calmar a la gente y ya está.”

Archivado en: Papelera

Para ir al blog de ‘Justicia Poética’ pincha en la imagen

Escribe tu dirección de correo electrónico para recibir las nuevas entradas por mail.

A %d blogueros les gusta esto: