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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Una puta en la cuna de la democracia

El texto del juicio contra Neera es el más antiguo que se conserva contra una mujer

El juicio contra Neera, prostituta de Corinto y esposa de Estéfano, ciudadano ateniense, se celebró entre el 343 y el 340 a.C. en Atenas. En verdad era un asunto personal, algo que el denunciante, Teomnesto, reconoció nada más empezar: “No me presento en este juicio como acusador, sino como vengador”, dijo, poco antes de cederle la palabra a Apolodoro, que era su cuñado y el agraviado de verdad. Estéfano lo había denunciado varias veces, y al menos una, en falso. Pero si esas oscuras rencillas personales estaban en el fondo del proceso, en la superficie las cosas estaban mucho más claras, y así lo señaló el propio Apolodoro: “Neera, la misma que veis ahí, estuvo bebiendo y comiendo como si fuera una furcia”.

Lo era, de hecho, aunque no era ese su delito. Pero su oficio sí le da al proceso un brillo especial. Por su condición de excluida entre las excluidas (era mujer, extranjera y puta), el caso desvela sabrosísimas informaciones sobre la constitución jurídica y social de la cuna de la democracia. El texto de Juicio contra una prostituta, de Demóstenes, que acaba de editar Errata Naturae, es además el único discurso forense contra una mujer de la Grecia clásica que conservamos. Cosa muy discutible es que el texto sea en verdad obra de Demóstenes.

Como toda excepción, Neera tendría mucho que decir sobre las reglas de la Ciudad, pero no escuchamos sus palabras. Ni las de su marido. Y tampoco conocemos la sentencia. Nos ha llegado sólo el alegato de la acusación, entonado por Apolodoro (probable autor del texto) mirando de reojo la clepsidra, el reloj de agua que le marcaba el tiempo. Él mismo nos resume lo dicho por sus testigos, Demóstenes entre ellos, y remata: “He acusado a Neera de vivir como mujer de un ciudadano siendo extranjera”.

Esa es la clave: que Estéfano había adoptado como suyos los hijos de Neera y a ella como esposa, lo que les otorgaba derechos políticos a esos ilegítimos descendientes. La ley no contempla la prostitución como delito. Pero pone a cada uno en su sitio: “A las heteras las tenemos por placer, a las concubinas para el cuidado diario de nuestro cuerpo, a las esposas para tener hijos legítimos y contar con una fiel guardiana en el hogar”. De ahí que el adulterio sí lo fuera: los adúlteros perdían sus derechos civiles si seguían viviendo con su esposa y las adúlteras, los suyos como invitadas de piedra.

Pero ir de putas no era adulterio. Otra cosa es que sus hijos pudieran colarse en el cuerpo de la comunidad, violando la ley. Y ese era el caso: los hijos de una de Corinto (“Las Vegas de la antigua Grecia”, según alguno) podían acabar como ciudadanos de Atenas. De ahí la retórica apocalíptica de Apolodoro, que recuerda que si se permite eso, las hijas de los pobres se lanzarán a la calle para ganarse la vida (y el marido) sin esperar a que la ciudad les pagase su dote. “Piense por tanto cada uno que vota a favor de su mujer, su hija, su madre, su ciudad, las leyes y los ritos, para que no parezca que se las tiene en la misma estima que a una furcia”.

Fuente: Público

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«La literatura no es una cuestión de jerarquías, sino de intensidad y misterio»

La escritura después de Borges

Ricardo Piglia (Adogué, 1941) y Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) tienen algunas cosas en común: escritores de muchos registros y géneros distintos, los dos viven y trabajan fuera de Argentina, su país de nacimiento. Piglia en Nueva York, en cuya Universidad de Princeton enseña Literatura Latinoamericana; Manguel, en los alrededores de Poitiers, Francia, donde ha reconstruido una vieja casa y reunido los 30.000 volúmenes de su biblioteca. Y conocen profundamente la obra de Borges. La semana pasada pasaron por Madrid, invitados por la Casa de América, para conmemorar el 25 aniversario de la muerte del autor de El Aleph, que se cumplió el pasado martes: murió el 14 de junio de 1986 en Ginebra, la misma ciudad en la que [H]abía nacido, [en Buenos Aires], casi 87 años antes.

Público: ¿Qué lectura de Borges les parece que predomina hoy: la del autor ‘argentino’ o la del autor ‘universal’, desterritorializado?

Ricardo Piglia: Yo creo que él tiene una recomendación sobre la lectura que siempre me pareció muy productiva: uno tiene que localizar al que lee, no al texto que está leyendo. Es decir, uno tiene que leer desde un lugar específico. No leer en abstracto, desde cualquier lugar. Ese lugar puede ser geográfico o puede ser una posición. Uno puede leer, por ejemplo, como católico. O sea, el que lee también debe reflexionar desde donde lee. Y no tanto preguntarse desde dónde está escrito ese texto.

Alberto Manguel: Sí, además él decía que ser argentino era un acto de fe. Es inevitable, construimos la definición que nos convenga. Pero es cierto: es el texto el que es universal, y el lector es particular.

Público: Como crítico, ¿fue más importante por la nueva forma de abordar los textos que por sus propios aciertos a la hora de ensalzar o desterrar a ciertos autores? Manguel ha escrito en alguna ocasión que se podría construir una historia de la gran literatura sólo a partir de los que él descartó.

Manguel: Sí, porque eso era un juicio de él. No le gusta Balzac, no le gusta Zola, le gusta poco Baudelaire…

Piglia: No le gusta Proust.

Manguel: No le gusta Proust [risas]. Piglia: Ahí hay un problema con Borges. Nosotros mismos teníamos ese problema. Borges tiene un solo modo de ver la literatura. Y, a veces, los discípulos reproducían ese modo. Muchos, un poco idiotas, hacían el mismo gesto de Borges y decían: no, me gusta más Stevenson que Joyce. Eso sólo era cierto para Borges, que por lo demás había leído con mucho cuidado a Joyce.

Manguel: Si tomamos a Borges como el indicador de la forma en que hay que leer la literatura, el 80% de la literatura universal no existiría.

Público: Los dos han subrayado la tensión entre la vida y la literatura para entender a Borges. Pero Ricardo Piglia afirma que Borges siempre mantuvo esa tensión, mientras que según Alberto Manguel para él la vida era sólo la confirmación de lo leído.

Manguel: Sí, una confirmación o una denegación o una desilusión. Le pasó una experiencia muy concreta al final de su vida. Él siempre había adorado los tigres. La figura del tigre, estética y simbólicamente. Bueno, pues había un millonario que tenía tigres en su estancia. Y lo invitó, y un tigre se le acercó: un verdadero tigre. Y Borges estaba asqueado porque olía a carne podrida.

Piglia: [Risas] Claro, un verdadero tigre no es el tigre platónico… Yo celebro esa posición de Borges, frente a una posición más bien populista, muy común en América Latina, de que el escritor debe vivir, debe ser, no sé, camionero, porque esas cosas parece que ayudan a la literatura. Ayudan a la vida de esa persona, pero luego hay que ver lo que uno escribe, ¿no? Pero, al mismo tiempo, Borges habla de esa nostalgia de la experiencia, en ese sentido yo decía que mantiene siempre los dos puntos. Es un escritor que, cuando está en la biblioteca, dice: qué bueno sería estar en la Pampa cabalgando con un caballo. Y cuando está en la Pampa, dice: me tengo que volver a leer.

Público: Borges tenía un interés profundo por la narración en sí, por la estructura de la historia. Y a menudo la encontraba fuera de la novela. Sobre todo en los cuentos populares, los wésterns, en el cine más comercial de Hollywood.

Piglia: En eso hay cuestiones que él plantea ya en los años treinta, diciendo: a todo el mundo le gusta La pasión de Juana de Arco de Dreyer, pero a mí en cambio me gusta Aleluya, qué se yo, algo más comercial. O sea, siempre tuvo posiciones firmes: en tanto que no le gustaba el cine artístico europeo y sí las películas de género. Le gustaba la narración.

Manguel: Sí, y creía que en la narración, y la narración épica era importante, el cuento servía mucho mejor que la novela. Decía que inventar una historia era fascinante, pero que escribir una novela era una exageración. Y decía, y esto sigue siendo verdad hoy, que uno puede recordar un cuento, pero no puede recordar Madame Bovary.

Piglia: En el género policial, él valoraba sobre todo los cuentos. Decía que las estructuras de género cuando eran llevadas a las novelas perdían en intensidad. Eso es muy contemporáneo.

Público: Él buceaba incluso un paso más allá: en la estructura de la literatura popular, en el sentido de ‘oral’, ¿eso también sigue siendo contemporáneo, o ahora está todo más intelectualizado?

Piglia: No, yo creo que una de las escenas contemporáneas más clásicas es esa idea de que no hay jerarquías, ¿no? Que probablemente sea un poco excesivo. Porque a mí me gusta el Pato Donald, pero me parece mejor Hamlet. Pero no creo que sea una cuestión de jerarquías, sino de intensidad y de misterio, de complejidad. Porque ¿cuál es la diferencia? En el fondo Borges lo entendió bien. Los géneros populares tienen esquemas, repiten módulos de narraciones, y eso es lo único que los diferencia de la alta literatura. La alta literatura quiere innovar, inventar formas nuevas, y el género popular tiende a repetir estereotipos. El detective, que está en todas las novelas negras; el melodrama, en el que siempre hay alguien que es abandonado. Y la gente quiere ver esa repetición.

Manguel: Sólo que la narración, tus novelas, por ejemplo, se tiene que apoyar en esas estructuras. Hay que apoyar lo que uno quiere contar sobre algo. Y esas estructuras populares son muy útiles. Ese eco permite al lector reconocer un esqueleto.

Público: En esos mismos años, en la década de los veinte del siglo pasado, también Walter Benjamin escribía sobre esa tensión. Y no necesariamente se habían leído entre ellos.

Piglia: No, no creo. Tuvieron algún cruce: a Blanqui. Borges lo cita casi en el mismo momento que lo utiliza también Benjamin. Estaban interesados en cosas muy similares. También en la cábala.

Manguel: En la idea de fragmento.

Piglia: Sí, pero la distinción entre novela y narración de Benjamin es muy útil para entender a Borges. Siempre ha habido narración, dice Benjamin, pero no siempre ha habido novela. Como diciendo: hay un río, que viene desde el origen y que seguirá, pero la novela es un momento, no es la única manera de narrar.

Manguel: Y Borges lo dice en uno de sus ensayos sobre la novela, citando un poco burlonamente a Menéndez Pelayo en Orígenes de la novela, donde dice que lo que hay son narraciones que un día se convertirán en novelas.

Público: De Borges y Benjamin se abusa para construir todo tipo de metáforas sobre el nuevo entorno que supone internet. No sé si están de acuerdo en que la novela es un invento de la imprenta. Si así fuera, ¿internet puede transformar la narración de la misma manera que lo hizo la imprenta?

Piglia: Sí. Si uno maneja el criterio, que es un poco el criterio de Benjamin, de que ciertos medios técnicos producen nuevas formas de escritura, tendría que imaginar que no inmediatamente. Porque todavía estamos en un proceso de cambio. En el futuro quizá aparezcan nuevas formas de escritura que reflejen las posibilidades de esos nuevos medios técnicos. Pero la novela no es solamente la imprenta.

Manguel: Tenemos que remontar la novela a las novelas griegas: el pathos erótico en las novelas de amor griegas, que son obviamente novelas. No necesitan esperar a la imprenta para existir. Las novelas romanas tampoco.

Público: Pero ¿esas novelas podían ser leídas como pudieron serlo a partir de la imprenta: cada uno en su casa, sin importar a qué edad, etc?

Manguel: Bueno, en la medida que se tuviese acceso a ese texto. Obviamente no es como cuando la imprenta empieza a producir cientos de miles de ejemplares. Quizás lo que modifique los distintos géneros por la aparición de la imprenta es la presencia de esa multiplicidad y también del formato. Yo creo que consciente o inconscientemente, a partir de la impresión de libros, el escritor empieza a visualizar el libro objeto. Creo que la nueva tecnología elimina un poco esa concepción, esa encarnación del texto y la jerarquía de esa encarnación. En la red todo se parece. Y eso sí, yo creo, puede dar lugar a otra forma de escribir. Pero que tampoco será absolutamente nueva, porque no existen esas formas absolutamente nuevas. El rollo de [Juan] Benet [sobre el que escribió en 1969 su novela Una meditación, sin saltos de párrafo ni capítulos] corresponde a la electrónica.

Piglia: Porque me parece que nosotros estamos planteando un problema que en general no es el que aparece cuando se discute. No estamos hablando de cómo cambia la circulación y el consumo de los textos. El problema más serio es si eso va a cambiar el modo de crear. Ese es el problema, pero sobre eso no tenemos respuesta.

Fuente: Público

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Una juez reabre una violación archivada hace 20 años

Manuel Borraz, finalmente, tenía razón:  La violación cometida en Blanes el 24 de noviembre de 1991 no ha prescrito. El juzgado de Instrucción  número 1 de esa localidad ha solicitado al Instituto Nacional de Toxicología que analice las muestras, identificadas en el último capítulo de Justicia poética (Seix Barral, 2010), y que se conservan en la sede del instituto en Madrid. Público y El País lo cuentan hoy.

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La entrada del Diccionario Biográfico Español sobre Francisco Franco

Si a alguien le interesa consultar la entrada del Diccionario Biográfico Español sobre Francisco Franco, redactada por el presidente de la Hermandad del Valle de los Caídos y miembro de la Real Academia de Historia, Luis Suárez Fernández, y que ha levantado la polémica después de que Jesús Miguel Marcos adelantara su contenido el pasado sábado, en el diario Públicopuede leerla íntegra aquí:

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El fotógrafo que desmaquilló París

Una muestra reúne 30 años de imágenes de Eugène Atget, uno de los padres de la fotografía documental, sobre la capital francesa

El conjunto fotográfico más importante sobre el París de finales del siglo XIX y primer cuarto del siglo XX, cuya mirada influyó tanto a los surrealistas como a la fotografía documental de Walker Evans, es obra de un actor de provincias que vivió y murió pobre y sin sucesores, que nada quería saber de los movimientos estéticos con los que, instalado en París, se cruzó. El pie de una de las fotografías que tomó de su casa en 1910 y que se exponen ahora en Eugène Atget, París, 1898-1924, inaugurada ayer en la Fundación Mapfre de Madrid, lo deja bien claro: “Interior de la vivienda de un actor dramático”.

Eugène Atget (1857-1927) era, en efecto, un actor de teatro francés, “al que una afección de garganta lo retiró”, según el comisario de la muestra, Carlos Gollonet. Walter Benjamin, en su Pequeña historia de la fotografía, daba también noticia de este fotógrafo con evocadora precisión: “Atget fue un actor que, asqueado de su oficio, lavó su máscara y se puso luego a desmaquillar también la realidad”.

Esta muestra recoge ahora una exquisita selección de las casi 4.000 fotografías que dejó a su muerte: más de 200 imágenes (salvo nueve, todas positivadas por el propio Atget) consagradas a la ciudad en la que vivió los últimos 40 años de su vida. Pero no el París de la Belle Époque, precisamente. Atget fotografió el París en vías de extinción, de ahí que su obra recorra los callejones sin salida de los suburbios, entre en los patios interiores, se detenga ante vendedores de paraguas o de lámparas, organilleros y cantantes ambulantes en mitad de la calle, o refleje los maniquíes y los juguetes de los escaparates.

El largo tiempo de exposición al que Atget sometió París, con múltiples series que se alargan hasta 20 y 30 años, impiden cualquier ordenación cronológica de su obra, de ahí que el comisario haya optado por una ordenación temática, reflejo del deambular del autor: Pequeños oficios, tipos y comercios parisinos, Las calles de París, Ornamentos, Interiores, Los coches, Jardines, El Sena, Las calles de París, Extramuros y Alrededores de París. Que a pesar del título de esos capítulos, tan familiares a cualquier guía turística, ni una sola de sus fotografías parezca una postal de la ciudad de las luces, prueba la sorprendente originalidad de una mirada volcada sobre las cosas.

Documentos para artistas

Hay, además, una sala dedicada en exclusiva a reproducir las 43 fotografías que Man Ray compró a Atget y que completan dos aspectos importantes de su trabajo, apenas representados en los fondos del museo parisino que aporta la mayoría de las obras: imágenes de desnudos y de escaparates. El pope del surrealismo norteamericano y, sobre todo, su asistenta, Berenice Abbot, fueron los primeros en descubrir el talento de Atget, aunque no siempre contaran con su aprobación.

Una fotografía suya, en la que aparece un grupo de parisinos protegiéndose la vista con unas gafas especiales, mientras observan un eclipse, fue publicada en La Révolution Surréaliste bajo el título de Las nuevas conversiones, como si de una contemplación religiosa se tratara: “Ese doble uso de su obra por parte de los surrealistas no le hacía ninguna gracia”, explica el comisario. No en vano, Atget había aceptado que se publicaran sin que saliera su nombre.

Desde que abrió su estudio en 1882, siempre se presentó como un productor de “documentos para artistas”, en un sentido amplio del término, que incluía desde pintores y escultores hasta decoradores y arquitectos, editores, estudiantes y marmolistas. Pero Atget, fotógrafo ambulante y por encargo, era plenamente consciente de su labor como documentalista y arqueólogo, de ahí que a veces anotara, junto a la fecha y el lugar donde habían sido tomadas, su destino: “Va a desaparecer”. Una carta que envió al director de Bellas Artes (algo así como el ministro de Cultura actual) en 1920, para ofrecerle su legado, refleja que era consciente también de su importancia: “Puedo decir que tengo en mi poder todo el viejo París”, se lee. La exposición, que viajará a Rotterdam, París y Sidney, podrá verse en Madrid hasta el 27 de agosto.

 

Con Baudelaire, además de su concepción de la fotografía como “criada” de las grandes artes, Atget compartía el método del flaneur, y así hizo de sus paseos por la ciudad un ejercicio de coleccionismo e historia. Los traperos, los chabolistas, los artistas de circo en los descampados son algunos de los pocos personajes que se ven en estas fotografías, habitantes todos de un París condenado a desaparecer bajo el tiralíneas racional y moderno de Haussmann, iniciador de su regeneración urbana. Una elegía que siempre dejó fuera de foco al autor del crimen y sus huellas, de ahí quizá que decidiera, como subraya el catálogo, “no representar jamás los nuevos barrios construidos a raíz de las reformas de Haussmann”.

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El desgastado hilo de una vida: Walter Benjamin

(W.B. en la Biblioteca Nacional de Francia, en París, en 1939. Foto: Gisèle Freund)

La única necrológica publicada tras la muerte de uno de los mayores pensadores del siglo pasado apareció en el periódico de los refugiados judíos de Nueva York. El 11 de octubre de 1940, Aufbau informaba del “trágico suicidio del profesor Walter Benjamin, el famoso psicólogo universitario”. Benjamin, sin embargo, nunca fue profesor universitario: su tesis de habilitación fue rechazada en 1925, un revés que marcó su vida y que, sin duda, explica en parte su trágico final, 15 años después. Muerto en una pensión dePortbou, lejos del puerto de Lisboa que debía ponerlo a salvo rumbo a Estados Unidos, fue enterrado en una tumba sin nombre. Jamás fue psicólogo. No sin razón, George Steiner anota sobre esa necrológica en un artículo de Los logócratas: “Hacía falta un Kafka para escribirla”.

La lectura de la Correspondencia que Benjamin mantuvo con su amigo Gershom Scholem, filólogo y historiador, durante los últimos siete años de su vida (1933-1940), que acaba de reeditar Trotta, subraya esa impresión kafkiana sobre el destino de este judío alemán cuya influencia se agranda, como un caño de luz en el túnel del tiempo, cuanto más se aleja de su origen. Además de las catastróficas y conmovedoras penurias económicas y de salud personales de Benjamin (1892-1940), estas cartas reflejan también la tragedia que, desde la llegada de Hitler al poder, se puso en marcha para todos los judíos de Europa. No es de extrañar, por tanto, que tras buscar inútilmente refugio en el Instituto de Horkheimer y Adorno, núcleo de la llamada Escuela de Fráncfurt, Benjamin aludiera a una frase de El Proceso de Kafka para expresar el temor por su futuro: “El Instituto de Ginebra, en cuyo desván, como sabes, se pierde el desgastado hilo de mi vida, se ha trasladado a América”.

Muchas de sus cartas están escritas en Ibiza, donde Benjamin pasó largas temporadas soportando “el carácter francamente desagradable y triste de los hogareños”. El 31 de julio de 1933, con una herida infectada en la pierna, escribe: “Vivo en una habitación de hotel por una peseta diaria (el precio ya indica el aspecto que tiene), y yo mismo me arrastro por la ciudad para solucionar los asuntos más urgentes”. Las noticias desde el Berlín nazificado no eran mejores, y así las transmite a su corresponsal: “La Inspección de Obras y Edificaciones quiere expulsarme de mi vivienda berlinesa, lo cual cuadra en perfecta armonía con mis dificultades económicas, por una parte, y por otra, con mi repugnancia a emprender una lucha inútil para conseguir un espacio en la prensa y la radio de Berlín. Por ahora me mantengo con un poco de dinero para cigarrillos que me ha adelantado Speyer y, en cuanto al resto, vivo de créditos”.

Una situación material que da forma a su obra literaria, cada vez más fragmentaria y dispersa, a medida que la depuración de los periódicos y revistas va cerrándole las puertas, a él y a todos su seudónimos. Pero incluso en el aparentemente relajado marco de una relación epistolar, deslumbra su penetración crítica : “El mundo de Kafka, frecuentemente jovial y habitado por ángeles, es el complemento exacto de su época, que se dispone a suprimir en una medida considerable a los habitantes de este planeta”. Un apunte profético.

El viaje a Palestina

Scholem (1897-1982), en cambio, llevaba una vida mucho más desahogada, aunque modesta, en Palestina, a donde había emigrado a mitad de los años veinte, siguiendo su ideología sionista (el sionismo que entonces prefería un “condominio judeo-árabe” a un Estado propiamente judío, todo sea dicho). El posible viaje a Palestina de Benjamin, ya para su instalación definitiva, ya para una estancia duradera, al que dedican varias cartas, nunca llegó a producirse.

No sólo ese. Y llega a parecer inconcebible que alguien como Benjamin, que tuvo casi 30 domicilios en una década, acabara con tanta obstinación en el lugar equivocado. Todavía en París, con la guerra en marcha, rechazó viajar a Londres donde su ex mujer, Dora Kellner, quiso acogerlo. En lugar de eso, acabaría atravesando la frontera franco-española, camino de Portbou, después de cruzarse en Marsella con varios amigos, entre ellos Hannah Arendt, a la que habló de la posibilidad de su suicidio. Tras su detención en Portbou, y temiendo que la policía franquista lo devolviera la Gestapo, se tragó la morfina con la que viajaba.

La mirada desprendida sobre sí mismo con la que Benjamin expresa su desesperación, resulta conmovedora: “Reflexiona una vez más sobre todo lo que me sucede. Es necesario”. La pregunta que se hace Scholem en el prólogo: “¿Por qué yo no extraje una consecuencia directa, patente en este libro, de las manifestaciones de Benjamin, en parte catastróficas y estremecedoras, acerca de su situación económica?”, se la harán también los lectores. Scholem contesta: “Puedo responder a esta pregunta, pero no quiero”

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El ejército español se empotra entre los fotoperiodistas

Turner y el Ministerio de Defensa compilan siglo y medio de fotoperiodismo de guerra español

Una calle de Mogadiscio, Somalia, en 2007. JOsé cendón

La historia del corresponsal empotrado en un ejército en guerra es tan vieja, al menos, como la guerra de Crimea: William Howard Russell fue enviado por The Times en 1854, aunque sus crónicas no despertaron precisamente el fervor patriótico entre el Ejército británico. Desde entonces, se repite el tira y afloja entre la propaganda oficial y la información periodística, y a veces se firman treguas. Fotoperiodistas de guerra españoles, que reúne la obra de 25 autores entre 1860 y 2011 (entre la guerra española contra los rifeños marroquíes y la revolución libia), se diría que resulta de una de ellas: el Ministerio de Defensa colabora en la publicación, que edita Turner. Alfonso Bauluz y Rafael Moreno son los compiladores.

Ni Bauluz ni Moreno, sin embargo, creen que esa colaboración, que a nivel internacional el Gobierno de EEUU impuso como obligación desde la invasión de Irak en 2003, influya de forma relevante en su labor informativa: “Yo no creo que haya ninguna diferencia porque los empotrados tengan que firmar un papelito”, dijo Bauluz en referencia al acuerdo contractual entre el Ejército americano y los periodistas.

Sea producto de la casualidad o del espíritu de la época, el caso es que en el siglo y medio largo que recorre esta selección, una evidencia se impone: los muertos, después de la guerra de los Balcanes, han desaparecido de la representación. Ni en Irak ni en Afganistán parece que muera nadie. [Vale la pena recordar que, para contrarrestar las crónicas de Howard Russell en The Times y resaltar la propaganda oficial, fue enviado a Crimea también el fotógrafo Robert Fenton, con una premisa clara: “Nada de cadáveres”.]

El único muerto de este siglo que aparece, en cambio, no es un cadáver de guerra. Es el inmigrante que murió en una playa de Tarifa y que Javier Bauluz, hermano del compilador, fotografió junto a una pareja de bañistas en 2007. La imagen, que se usó como metáfora de “la indiferencia occidental” frente al drama de la inmigración, aparece ahora con otro uso metafórico. “El final del camino”, se titula, aunque no se sepa entre qué frentes.

Foto: Una calle de Mogadiscio, Somalia, en 2007. JOSÉ CENDÓN

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Saskia Sassen: “La mayoría del dinero del rescate griego no irá a Grecia”

Saskia Sassen, ayer, en Madrid. reyes sedanoLa holandesa Saskia Sassen (La Haya, 1949) tiene el honor del que no muchos sociólogos pueden presumir: uno de sus conceptos ha calado en el lenguaje corriente hasta un punto en que hemos perdido de vista su denominación de origen, como una moneda que pierde su troquelado. Hablar de “ciudades globales” para describir esas megalópolis donde se confunden todos los estilos del mundo y que a su vez irradian su influencia política, económica y cultural a escala planetaria, resulta hoy casi familiar. Cuando Sassen acuñó el término, en 1991, Nueva York, Londres y Tokio volaban muy por encima del resto: ayer, poco antes de la conferencia que impartió en Madrid, Sassen contaba unas cien en todo el mundo, incluidas la capital española y Barcelona, donde charlaráesta tarde.

Pero las ciudades globales constituyen sólo una estación para el viaje de Sassen, que desde hace 30 años trata de entender (y de explicar) cómo se ensambla un mundo ya globalizado, cuando todavía no ha dejado de ser nacional. Los rescates bancarios son un buen ejemplo de esa realidad bisagra: “El rescate de la banca en EEUU se presentó como el retorno del estado nacional fuerte, como una especie de salida del neoliberalismo. Pero si te fijas, se trató básicamente de usar las leyes nacionales, con las que se acceden a los impuestos de los ciudadanos, para rescatar a un sistema financiero global. En el fondo, eso es un ejemplo de desnacionalización”, explica la autora de Territorio, autoridad y derechos (Katz).

Sassen, “reclutada” para la Universidad de Columbia de Nueva York por el Premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, sabe que lo que vale para EEUU, vale para el fondo de rescate europeo, con nuevos agujeros que tapar en el horizonte griego: “La mayoría de ese dinero nunca va a ir a Grecia. Eso va directamente desde la banca central europea a las bancas a las cuales Grecia les debe dinero. Y qué puede hacer Grecia a partir de ahora, pues pedir nuevos préstamos”. ¿Qué hacer entonces? “No pagar”, responde, y recuerda el caso de Islandia, que votó en referéndum suspender el pago de su deuda, contraída mayoritariamente con bancos británicos. “¿Y qué pasó, se acabó el mundo? No”. Para la autora de La ciudad global, en el fondo, la pregunta que continúa sin respuesta es: ¿por qué tendrían que asumir los ciudadanos las pérdidas de los bancos?

Más allá de la crisis financiera, Sassen lleva años estudiando esa dislocación entre el circuito global y los escenarios nacionales en otro tipo de flujos: los migratorios. Ahora regresa a una Europa, formalmente unida y donde viven 500 millones de personas , que se plantea suspender la libre circulación por la llegada de unos 30.000 inmigrantes desde el convulso norte de África. “Los grandes estados han terminado dominados por una obsesión en torno a algo que es muy pequeño”, dice. La obsesión consiste en que “cada vez que hay una crisis, no importa de qué: de terrorismo, financiera, de desempleo, hay también una crisis con la inmigración”, cuenta esta socióloga que al año de nacer se trasladó a Argentina con su familia, y donde vivió hasta los 16 años.

La obsesión, dice Sassen, pasará factura: “A la larga este nivel de violación de derechos humanos básicos de los inmigrantes es una especie de cáncer que no se para en los indocumentados. Luego se traslada al inmigrante legal, pero es que también afecta a los ciudadanos. Eso es algo que ya está pasando.” Sassen, que ayer disertó sobre cómo “Urbanizar la tecnología”, dentro de las actividades previas de la Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo que se celebrará en Cádiz el año que viene, charlará hoy en la Casa del Mar Barcelona.

Por mucho que la crisis haya podido ampliar la distancia ideológica (es decir, engañosa) entre el inmigrante y los ciudadanos nacionales, en verdad el sistema económico los asimila cada vez más, como muestra la creciente precarización social. “La desigualdad en EEUU, por ejemplo, ha aumentado terriblemente. Los hijos de la clase media van a tener menos ingresos que sus padres, menos nivel de educación y menos oportunidades de tener una vivienda en propiedad”, dice, como ejemplo.

Foto: Saskia Sassen, el lunes en Madrid. REYES SEDANO

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El Reina Sofía premia la poesía secreta de Cuba

El galardón distingue a Fina García Marruz, representante del grupo poético cubano más importante del siglo pasado

La cubana Fina García Marruz (La Habana, 1923), una de las dos últimas supervivientes deOrígenes, el grupo poético cubano más importante del siglo XX, obtuvo ayer el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Tanto el jurado que la premió, como la condecorada, reconocen que el galardón es un homenaje también a sus compañeros de generación. “Es un homenaje para todos nosotros: para Lezama Lima, Eliseo Diego, Cintio [Vitier] y Gastón Baquero, y eso es lo que más me conmueve”, decía ella por teléfono a Público desde el Instituto de Estudios Martianos de La Habana donde sigue yendo cada mañana, y ayer también cumplía 88 años, a trabajar. Por la tarde trabaja en casa.

García Marruz, poeta “secreta”, que confiesa que ha escrito “muchísimas más cosas” de las que ha publicado, era también la esposa de Cintio Vitier, a cuya sombra siempre se sintió cómoda. Vitier, “uno de los grandes intelectuales del castrismo”, según recordó Luis Antonio de Villena, miembro del jurado, murió en 2009. La única obra de García Marruz publicada en España, El instante raro, una antología editada por Pre-Textos en 2010, le costó al editor Manuel Borrás 20 años de insistencias: “De hecho, primero publiqué cuatro libros de su marido”, contó a este diario.

“La claridad de su poesía tiene mucho más calado metafísico del que aparentan”, según Borras. “Fina es una poeta que ha vivido para adentro”, aseguró Villena. “Mi obra está incompleta. Primero porque sigo viva, pero también porque no está todo lo importante. Tengo muchísimas cosas que considero más significativas que lo que he publicado y que me gustaría añadir algún día”, dijo la autora de El peso de las cosas en la luz (publicado en Argentina). Para la también poeta cubana y antóloga de El instante raro, Milena Rodríguez, su poesía logra el milagroso equilibrio entre lo pequeño y lo trascendental.

No es cierto, sin embargo, que sea la única superviviente de Orígenes, como decían ayer muchas informaciones. Lorenzo García Vega (Matanzas, 1926), exiliado en Miami, representa el ala disidente del grupo, de la que también formó parte hasta su muerte en 1979 Virgilio Piñera. En el ala comandada por Lezama Lima, de la que sin duda forma parte García Marruz, estarían esos otros recordados ayer.

Paradojas cubanas

“Este premio es también una oportunidad, indirecta si se quiere, para alabar esos cambios que se están produciendo dentro del régimen en Cuba y que merecen nuestro apoyo”, aseguró Daniel Hernández, rector de la Universidad de Salamanca, una de las instituciones convocantes junto a Patrimonio Nacional. Villena subrayó que el cristianismo de Marruz, algo que según Milena Rodríguez comparte con sus compañeros de grupo, representa parte de las contradicciones de la Cuba actual. Villena: “Teniendo en cuenta todas esas razones y buscando conciliarlas, se ha querido premiar también a Orígenes”.

Desde el Instituto donde sigue entregándose al estudio de una de sus grandes pasiones, la obra de su compatriota José Martí (1853-1895), García Marruz recordó también la figura de Juan Ramón Jiménez, a quien conoció en La Habana cuando tenía 13 años y que fue, para ella y para los que luego serían sus compañeros de grupo, “la revelación de la poesía”. En esa conferencia conoció también a su marido: “De no ser por Juan Ramón no tendría la larga y extensa familia que tuvimos”, explicó riéndose. Por eso, dijo, y porque “en español he aprendido a hablar y a conocerlo todo”, le emociona que el reconocimiento llegue desde la Península. “Ojalá que algo de lo que publiqué ahí en España les sirva”.

“Oculto tesoro”

La vigésima edición del premio, dotado con 42.100 euros y cuyos candidatos proponen las academias de la lengua de cada país, se entregará en otoño en Salamanca. “Si me queda alguna gota de salud, que ya la tengo bastante quebrantada, iré sin falta”, contaba al teléfono quien, también por motivos de salud, no pudo acudir este año al Festival Cosmopoética celebrado en Córdoba a principios de este mes. La misma ley no escrita que apuntaba que el Cervantes de 2010 iría a un autor español, y lo recogió el pasado miércoles Ana María Matute, se ha cumplido esta vez al premiar con el Reina Sofía a esta autora latinoamericana: la ley dice que los galardones caen cada año a un lado distinto del Atlántico. Aunque como toda ley, ha tenido sus excepciones.

Su editor español tardço 20 años en convencerla de que publicara su obra

No es, sin embargo, el primer gran premio de este calado que recibe García Marruz: en 2007, Chile la distinguió con el prestigioso Pablo Neruda de Poesía Hispanoamericana, con lo que ese “oculto tesoro” que, según el crítico que mejor conoce su obra, Jorge Luis Arcos, suponía todavía su obra fuera de la isla a principios de este siglo, empezó a leerse con otros acentos latinoamericanos. En España, aunque ya había sido nominada al premio Cervantes en 1989, las palabras de Arcos han encontrado por fin su desmentido oficial.

Pie de Foto: La poeta cubana, ayer, en la sede del Insituto de Estudios Martianos. EFE.

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¿El infierno son los otros?

Cuatro filósofos reflexionan en un libro sobre la presencia de la religión en el espacio público y los conflictos con la sociedad

El Tribunal Constitucional ha amparado esta semana a una profesora de religión despedida por casarse con un divorciado. Una juez, sin embargo, ha abierto diligencias por “escarnio religioso” contra diez ciudadanos que habían convocado una “procesión atea” para este jueves santo en Madrid y que el Gobierno decidió prohibir. En Estados Unidos, la ley no se inmutó cuando un pastor protestante quemó un ejemplar del Corán en público hace un mes, porque la libertad de expresión es sagrada. Lo mismo hizo, pero en privado, un miembro del Frente Nacional Británico y acabó detenido en cuanto el vídeo con el libro ardiendo llegó a manos de la Policía inglesa. Y en Francia, donde las alumnas tienen prohibido acudir al instituto con velo, la Policía detuvo hace días a varias mujeres vestidas con un burka, después de que entrara en vigor una ley que lo prohibía, en las calles de París. Una detención que sería ilegal en Londres.

Son ejemplos del roce conflictivo entre los hábitos religiosos y la “desnuda plaza pública”, según la expresión con la que un influyente pastor luterano norteamericano ironizaba sobre la separación entre Dios y los ciudadanos. Ejemplos no faltan. Lo que falta es un modelo que resuelva definitivamente tales conflictos. El poder de la religión en la esfera pública, que acaba de publicar en español la editorial Trotta, no colma esa falta, pero ayuda a aclarar por qué ese modelo tardará todavía mucho en llegar. [Tanto, quizás, como el mesías].

El origen del libro está en Jürgen Habermas, Charles Taylor, Judith Butler y Cornell West, cuatro eminentes pensadores de tradiciones y puntos de vista muy distintos, que fueron convocados a repensar la separación de religión y esfera pública. Una separación que, según se acepta comúnmente, articula las democracias occidentales. “Una de las tesis principales del libro es que hemos malentendido la secularización”, explica a Público Eduardo Mendieta (Bogotá, 1963), profesor de la Stony Brook University neoyorkina y editor del volumen. Una cosa es la deseable neutralidad del Estado ante la pluralidad de iglesias y confesiones, y otra que religión y sociedad puedan distinguirse como el agua del aceite. “La religión no es ni meramente privada ni puramente irracional. Y la esfera pública tampoco es un ámbito de franca deliberación racional ni un espacio pacífico de acuerdo libre de coacción”, precisa en su introducción.

Las cosas son más complicadas. Sobre todo después del renacimiento del fundamentalismo cristiano en Estados Unidos a partir de los años ochenta (de hecho, [el autor de La desnuda plaza pública, Richard John Neuhaus] se convirtió luego al catolicismo y acabó como asesor oficioso del ex presidente norteamericano George W. Bush); del arraigo de la inmigración musulmana en numerosos países europeos, con la consiguiente visibilización social del Islam; y de la acusación de antisemitismo que soportan quienes (y no pocos judíos entre ellos) critican la ocupación de los territorios palestinos por parte del Ejército y colonos israelíes. “Generalmente se habla de religión como si fuera un problema de pueblos y países subdesarrollados, no modernos. Supuestamente, la religión habría sido domesticada en Occidente, pero eso es una caricatura”, avanza Mendieta. Véase, por ejemplo, el presidente Sarkozy, nombrado canónigo de honor de la abadía de San Juan de Letrán hace tres años, en Roma, clamando contra “el desierto espiritual de los suburbios”.

El filósofo alemán Jürgen Habermas (Düsseldorf, 1929), que en 2005 mantuvo un diálogo público con el entonces cardenal JosephRatzinger (hoy Papa Benedicto XVI), lleva cinco años trabajando en un manuscrito con el título provisional, según Mendieta, de Razón y Fe. Habermas defiende la separación de ambos discursos y la necesidad de una traducción. “El discurso religioso en la esfera pública necesita traducción para que su contenido penetre e influya en la justificación y formulación de decisiones políticamente vinculantes y exigibles por ley”, se lee. Es decir, se podría entender que alguien se oponga al aborto porque se lo prohiba su religión, pero no que pretenda imponer su visión sin argumentarla de manera que pueda convencer también a los no creyentes.

El fetichismo de la laicidad

Charles Taylor (Montreal, 1931), canadiense y teórico del multiculturalismo, no cree necesaria tal traducción (¿acaso los conciudadanos de Luther King no lo entendían cuando este exigía en términos bíblicos la abolición de la discriminación racial?, se pregunta) y subraya que quizá la clave resida en superar la obsesión por la religión. Porque no hace falta referirse a la laicidad de la República francesa cuando los alumnos musulmanes reclaman un menú sin cerdo en sus escuelas, [como a nadie se le ocurriría invocar un maridaje sagrado de su ‘cuisine’ cuando se reclaman menús vegetarianos, por más que pueda haber quien lo considere también un rasgo identitario. La analogía no es de Taylor, pero resume su enfoque.]

Taylor pone de ejemplo el velo en las escuelas francesas, que se interpretó como “un signo” de hostilidad contra la République, a pesar de que lo negaran las mujeres que lo llevaban y, segúnTaylor, las investigaciones sociológicas encargadas por la comisión parlamentaria. Lejos de ser un argumento del debate, la invocación de la obligada laïcité del espacio público suele servir para clausurar cualquier discusión. “Lo más pernicioso de este fetichismo es que tiende a ocultar los auténticos dilemas con que nos encontramos”, explica Taylor. “Las democracias contemporáneas, a medida que se diversifican, tendrán que experimentar redefiniciones de su identidad histórica […] que pueden ser dolorosas y de largo alcance”.

El catolicismo, imposible de integrar

El ejemplo más revelador de los que cita Taylor, sin embargo, se debe a los trabajos del español José Casanova, profesor de Sociología de la Religión en Georgetown: “El catolicismo estadounidense en el siglo XIX estaba considerado imposible de integrar en la vida democrática, caso muy similar al de los actuales recelos hacia el islam”, subraya Taylor.”No hay razón alguna escrita en la esencia de las cosas para que en las comunidades musulmanas no pueda darse una evolución parecida”, remata.

Judith Butler [Cleaveland, 1956], autora de Vida precaria. Poder del duelo y de la violencia (Paidós), rescata la paradoja de que la secularización de la religión, su separación del Estado, es un mandato del protestantismo, algo que no debemos olvidar ahora que se habla de dejar “fuera” del espacio público a otras religiones, porque quizá estemos olvidando a las que están “dentro”. La secularización, para la religión, ha podido ser “una forma fugitiva de sobrevivir”, señala. Pero Butler aborda sobre todo un dilema personal y universal: exponerse a la acusación de antisemitismo cada vez que critica la violencia del Estado israelí contra los palestinos de los territorios ocupados. Butler, judía, remarca en cambio que esa crítica es una “obligación” ética para los judíos, religiosos o no, frente al sionismo político del Estado, que además discrimina religiosamente a sus ciudadanos árabes.

La intervención de Cornell West [Ocklahoma, 1953], “un artista del blues”, según él mismo se define (también es un filósofo afroamericano, socialista y cristiano), es en cambio una demostración práctica de la dificultad para distinguir nítidamente entre un discurso filosófico o religioso. Su “pragmatismo profético”, con el que denuncia la corrupción de Wall Street al tiempo que recuerda “el fondo del océano Atlántico [con sus] millones de cadáveres africanos”, coloca en un doble apuro al propio Habermas, que en el coloquio final alaba su “retórica conmovedora”. “La única respuesta posible sería ponerse en pie y cambiar de vida”, reconoce Habermas, [pero enseguida añade: “la otra parte del doble apuro es que estamos en una institución académica y siguiendo un formato”.]

La institución que acogió el debate fue la Cooper Union de Nueva York, donde unas mil personas siguieron durante cinco horas el acto el 29 de octubre de 2009, aunque, como se ha visto, sigue plenamente vigente. La conclusión es provisional: parece que estamos condenados a entendernos. “O como dice al revés Jean Paul Sartre: el infierno es el otro”, recuerda Mendieta, que explica: “Lo que quiere decir con eso es que nos convertimos en nuestros propios torturadores sino aceptamos la libertad del otro y el hecho de que tenemos que vivir juntos”.

Fuente: Público

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