ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Corrección a un artículo de ‘El Mundo’

El diario El Mundo publica hoy un artículo del académico Javier Jordán al hilo del atentado del miércoles en París contra la redacción de Charlie Hebdo, en el que murieron doce personas fueron asesinadas. El artículo se pregunta si ¿Podría pasar suceder en España?, y el autor responde que sí. Independientemente del argumento, el artículo contiene un error fáctico importante.

“En la mayoría de los casos [de actividad de yihadistas en España] éstos desarrollaban labores de carácter logístico, pero en al menos dos -atentados del 11-M y complot contra el metro de Barcelona en 1998- hubo intención probada de atacar nuestro país.”

El supuesto complot para atentar contra el metro de Barcelona se produjo en enero de 2008, y no en 1998. Pero eso es un lapsus, no el error material al que me refiero.

El error fáctico es que, en ese supuesto complot, nunca se ha probado intención de nada. Los 11 acusados del Raval están condenados, únicamente, por pertenencia a banda terrorista. El Tribunal Supremo rechazó el delito de tenencia de explosivos –18 gramos de pólvora extraída de 4 bengalas infantiles– al que habían sido condenados dos de los acusados por parte de la Audiencia Nacional, [que ya los había absuelto de “conspiración” para atentar.]

Del complot de Barcelona, en verdad, nunca se ha probado nada más allá de lo que la sentencia de la AN declaró probado: “El tribunal llega a la conclusión de aceptar como probado que los hechos se desarrollaron en la forma en que este testigo relata”. El testigo ha resultado ser un falso testigo, como muestra esta investigación publicada en Mediapart e Infolibre en mayo de 2014, y falso su testimonio. “Un falso testigo para 11 condenas de verdad”, tituló Mediapart la versión en francés.

Yo ya entiendo que los periódicos prefieran una mentira oficial, tal y como están las cosas, a la verdad de los hechos, pero ya puestos deberían al menos respetar las formalidades.

Anuncios

Archivado en: Justicia poética, Principios (y derivas) de la justicia poética, Reporting in progress, Uncategorized

La misteriosa lógica del profesor Fernando Reinares

Fernando Reinares, autor de Mátalos Matadlos (Galaxia Gutenberg), respondió ayer a través de su cuenta de Twitter al inventario crítico con 17 falsedades de un capítulo de su libro, publicado aquí mismo horas antes. En fin, la mayoría de sus respuestas tienen gran interés, desde muchos puntos de vista. Desde el de la editorial, por ejemplo, que sin duda celebrará saber que al autor nada le parece lo suficientemente relevante, como para desdecirse; así que las 17 falsedades han pasado, expresamente, a formar parte del catálogo de Galaxia Gutenberg.

Los publicados ayer eran errores fácticos. Las respuestas del autor añaden además una lógica insostenible. Afirma Reinares que es fácil entender por qué el fiscal de la Audiencia Nacional, Vicente González Mota, negó que el testigo protegido que desencadenó la Operación Cantata perteneciera a Al Qaeda. Dicha operación desarticuló un supuesto complot islamista para atentar contra el metro de Barcelona en  2008.

El testimonio del testigo protegido, informante de los servicios de espionaje francés, como el propio Reinares reconoce en su libro, fue la base para condenar a los 11 inmigrantes del Raval (10 pakistaníes y 1 indio). Pero dicho testimonio se basaba precisamente sobre el supuesto de que él mismo era un terrorista de Al Qaeda, no un informante francés. Un terrorista enviado a Barcelona para atentar  contra el metro en enero de 2008 y que se había arrepentido en el último momento. De hecho, cuando le preguntamos al presidente del tribunal, Javier Gómez Bermúdez, si sabía que el testigo protegido era en realidad un informante francés, respondió: “Cuando yo sé que un testigo protegido está mintiendo, lo escribo en la sentencia y tiene sus consecuencias legales”, y así se publicó

Bien, el testigo mintió al tribunal; el presidente asegura que no lo sabía.  El fiscal, sin embargo, defendió durante el juicio, es decir, en audiencia pública, que el testigo sí era miembro de Al Qaeda. Cuando lo negó, en cambio, fue ante fuentes de la embajada americana, dos meses después del juicio. A ese desmentido, recogido en este cable diplomático, nos referíamos ayer cuando señalamos que el propio fiscal había desmentido la tesis central de Reinares: que el testigo era de Al Qaeda.

Captura de pantalla 2014-05-26 a la(s) 18.51.30

La respuesta de Reinares fue inmediata y se debe traducir al español oficial contemporáneo, así: “Es fácil entender por qué el fiscal lo niega”, según afirmó en un Tweet posterior:

Captura de pantalla 2014-05-26 a la(s) 18.53.23

Que el profesor Reinares se muestre en desacuerdo con los hechos, no supone novedad, como mostraba la entrada de ayer de este blog. Pero su respuesta en Twitter añade un punto de misterio a sus errores: si fuera verdad que el testigo protegido era miembro de Al Qaeda, como el fiscal González Mota defendió en la Audiencia Nacional ¿por qué iba el mismo fiscal a negarlo dos meses después, en privado, ante fuentes de la embajada americana? Si el profesor Reinares encuentra una respuesta razonable, y publicable, prometo buscar los fundamentos de su lógica también fuera de la tradición occidental. Estoy dispuesto a llegar hasta la de los servicios de inteligencia de Pakistán.

Archivado en: Epistemología de la vida cotidiana, Principios (y derivas) de la justicia poética, Reporting in progress

Corregidlo: 17 falsedades en un capítulo del último libro de Fernando Reinares

I. Fernando Reinares (Logroño, 1960): catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos, investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real Instituto Elcano y Adjunct Professor de Estudios de Seguridad en la Universidad de Georgetown (USA), según la nota biográfica de su editorial. Acaba de publicar Matadlos. Quién estuvo detrás del 11M y por qué se atentó en España (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). El autor está actualmente de gira presentándolo, según cuenta en Twitter.

II. Nosotros hemos leído, por motivos profesionales,  un capítulo de ese libro. El número 14, “¿Cómo iba a ser el segundo 11-M?” (pp. 227-243)dedicado al supuesto complot islamista que iba a atentar contra el metro de Barcelona en enero de 2008. El capítulo reelabora las declaraciones del testigo protegido que desencadenó aquella Operación Cantata y como tal, repite las mentiras que el testigo contó a la Guardia Civil, al juez de instrucción y al tribunal de la Audiencia Nacional, que sin embargo condenó a los 11 acusados. De esas mentiras nos hemos ocupado durante cinco meses y el resultado puede leerse en Infolibre y Mediapart. La investigación, financiada por Journalismfund.eu, nos llevó a Francia, Italia y España.

III. Sin embargo, el capítulo de Reinares contiene además falsedades de su propia cosecha y vamos a exponerlas, a modo de inventario. Quien eche en falta algo de contexto, puede leer antes el reportaje al que nos hemos referido: (Infolibre aquí) o (Médiapart aquí). Veamos.

 

1. Página 238: “Al Qaeda, organización en la que él mismo [testigo protegido] estaba encuadrado”.

Falso: Hasta el fiscal González Mota sabía que el testigo protegido no era miembro de Al Qaeda, sino un informante francés, y así lo explicó ante fuentes de la embajada americana en Madrid dos meses después del juicio,  el 13 de enero de 2010. Está recogido en este cable diplomático del 25 de enero, con este encabezado: “España: fiscal desmiente los lazos con Al Qaeda en el complot del metro de Barcelona”

2. Página 237: “Durante el procedimiento judicial […], el testigo protegido F-1 explicó […] que sus mandos le ordenaron trasladarse a Francia, desde Pakistán, unos tres años antes de los acontecimientos de enero de 2008 en Barcelona”.

Falso: Asim, que es como se llamaba el testigo protegido, vivía en Francia desde al menos dos años antes, según documentos oficiales. No podemos mostrar aquí dichos documentos porque, dada su condición de testigo protegido, cometeríamos un delito.

3. Página 233: “El testigo protegido F1, que en el pasado había estado inmerso en tramas que movían y entregaban dinero a lo largo de Europa occidental para sostener actividades de terrorismo yihadista […]”.

Falso: La red de financiación que describió Asim no existía ni existe, tal y como muestra la investigación internacional citada más arriba. El testigo protegido, que es uno de los traficantes de personas más buscados de Pakistán, construyó su relato sobre esa supuesta red de financiación a partir de nombres, viajes y elementos de dicha actividad criminal. Puede leerse aquí, como ya he dicho.

 

4. Página, 238: “Entre inicios de 2005 y mediados de 2006, dicha estructura terrorista le solicitaba a menudo que, junto a otros correligionarios, [el testigo protegido] recolectara dinero y lo llevase a Bruselas, Amsterdam o Brescia”.

Falso, por lo mismo que la número 3.

5.  Página 230: “El informante paquistaní que alertó a los servicios de inteligencia franceses […] obtuvo la condición de testigo protegido”.

Bien, esto es cierto y esta es la tercera vez que aparece: era un chivato del espionaje francés. Sin embargo, no dice Reinares que el propio informante lo negó durante la instrucción y ante el tribunal cuando declaró como testigo protegido y que, por tanto, mintió bajo juramento. “Never in my life”, dijo.

 

 

6.  Página 231: “Asimismo, [los especialistas de la Guardia Civil] incautaron [sic] 18 gramos de “una mezcla de nitrocelulosa y perclorato de potasio”, sustancia habitualmente empleada en la fabricación de explosivos industriales”.

¿Explosivos industriales? Los 18 gramos de pólvora habían sido extraídos de unas bengalas de colores para niños a partir de 8 años, distribuidas por una empresa del sur de París, según el informe de la Guardia Civil (folio 1053, Tomo III del Sumario). En el juicio, los peritos explicaron que además de colores las bengalas hacían “chispas”:

 

7. Página 230: “[Los especialistas de la Guardia Civil] hallaron, por ejemplo, bolsas que contenían bolas de acero y cerca de 800 gramos de perdigones”.

Se encontraron 783 gramos de plomos de aire comprimido (perdigones, si quiere), pero no “y” bolas de acero. O una cosa o la otra. Por cierto: los perdigones habían sido comprados en Francia; y el testigo protegido vino desde París. Véase el Folio 1667, Tomo IV del sumario, o la misma sentencia –aunque esta confunde confunde “gramos” con “unidades” de perdigones–.

Captura de pantalla 2014-05-16 a la(s) 21.11.43

 

8. Pág. 232: “Cuando un fiscal se interesó por ese asunto durante las sesiones del juicio oral, Malik respondió que esa suma relativamente elevada de dinero “se acumulaba a veces en el bolsillo” debido a las propinas que recibía repartiendo bombonas de butano”.

Ningún fiscal se interesó por eso. Quien preguntó fue el abogado de la acusación popular. Falsa también la frase que entrecomilla: es decir, el acusado no la pronunció. Y tampoco dijo que todo el dinero procediera de las propinas. Qaader Malik trabajaba como ayudante repartiendo bombonas de Repsol butano por Barcelona. Los ayudantes se encargan de bajar las bombonas del camión y llevarlas al domicilio de los clientes.  Los ayudantes cobran el importe del servicio y se lo van guardando, entre otras cosas, para tener cambio para los siguientes clientes. Al acabar la jornada, Malik entregaba el dinero a su jefe (un autónomo, dueño del camión, cuya empresa subcontrata Repsol). A veces lo hacía a pie de camión, a veces en el almacén y a veces en la mezquita, porque su jefe iba a la misma mezquita, como explicó el testigo que declaró luego y que es el conserje de la mezquita Tarik Ben Zyad. El acusado, a preguntas del presidente del Tribunal, Javier Gómez Bermúdez, aclaró que tenía un sueldo fijo (650 euros) y que el resto, sí, lo ganaba gracias a las propinas de los clientes. Así funciona el sector en Barcelona.

 

9. Página 233: “Pero se negó a dar explicación alguna del motivo por el cual, cuando fue detenido, lo que en realidad llevaba consigo eran más de dieciséis billetes de 50 euros cada uno”.

El acusado dio las explicaciones que recoge el vídeo anterior. Y cuando el abogado de la acusación popular le preguntó si todo el mundo le pagaba con billetes de 50, el acusado respondió: “No”. A continuación, el abogado le preguntó directamente si no era más cierto que el dinero era para comprar “cosas, material” [suponemos que refiriéndose a material para atentar]: a dicha pregunta, el acusado también contestó: “No”. El abogado siguió luego preguntando por las obras de reforma que el acusado estaba haciendo en su casa.

*

Al conserje de la mezquita, en cambio, el abogado sí le preguntó expresamente por qué los repartidores acababan la jornada con billetes de 50 y no, pongamos, con monedas de 50 céntimos. Y el conserje lo explicó:

 

10. Página 227: “Entre las 00:40 horas y las 05:00 horas del día 19 de ese mes, 14 individuos fueron detenidos en [Barcelona].”

Falso: la entrada en la mezquita de la calle Maçanet se produjo a las 23:50 del día 18, según el acta policial, Folio 59, Tomo I, Sumario 26C/2008.

Captura de pantalla 2014-05-16 a la(s) 13.30.59

 

11. Página 228: “Maroof A. M., el líder de la célula, fue condenado a diez años y medio de prisión”.

El 29 de diciembre de 2010,  el Tribunal Supremo fijó la pena en 8 años.

Captura de pantalla 2014-05-20 a la(s) 23.07.33

 

12. Página 228: líneas siguientes. También son falsas las otras penas (de 8 y 14 años) que atribuye al resto de acusados: el Supremo las fijó en 6 años.

Captura de pantalla 2014-05-20 a la(s) 23.07.54

 

13. Página 230: “Hacia las 18:00 horas, avistaron a ocho […]  dirigiéndose a pie […] desde el oratorio Tarek Ben Ziyad, sito en el Raval, hacia un lugar cercano, al que otros dos individuos habían llegado ya. Todos ellos portaban mochilas y bolsas de mano.”

Ninguno de ellos llevaba mochila, aunque lo diga The New York Times. La única mochila que apareció, junto con un maletín negro “de tela”, tal y como refleja el acta de registro de ese “lugar cercano” (es decir, la mezquita de la calle Maçanet), pertenecían a un marroquí –Said Arakrak–que no estaba entre el grupo que había llegado desde Tarek Ben Ziyad, no se encontraba en aquel momento en la mezquita de Maçanet y no fue señalado, ni detenido ni procesado. Tampoco llevaban “bolsas de mano”: alguien, desde luego, llevaba un par de bolsas de plástico, quizá en la mano. Las huellas de dichas bolsas, sin embargo, no corresponden a ninguno de los condenados.

Captura de pantalla 2014-05-16 a la(s) 21.08.23

 

14. Página 234: “Allí [a Maroof A. M.] se le conocía por sermones en los que manifestaba odio hacia los infieles y hacía llamadas a la yihad, en la acepción belicosa de este término”.

 Falso, aunque lo diga The New York Times. El artículo del Times, del que habría que ocuparse otro día, contiene graves falsedades. Esta es una de ellas: ¿alguien puede imaginar que la Guardia Civil, el fiscal y la acusación popular no hubieran puesto ese argumento encima de la mesa del tribunal de existir algún indicio sobre su veracidad? El Times es, por lo demás, la principal fuente de una falsedad decisiva de la que la anterior es subalterna: declara, sin mostrar, que había una investigación previa a la entrada en escena del testigo protegido.

 

15. Página 235: “Los condenados por el plan para atentar en el metro de Barcelona […]”.

La condena del Supremo es por pertenencia a grupo terrorista, sin plan.

 

16. Página 236: “Pakistán, país con cerca de 750 millones de habitantes”.

Pakistán, según los datos del Banco Mundial de 2012, tiene unos 170 millones de habitantes.

17. Página 237: “Al menos dos […] eran conocidos por participar en actividades de ese movimiento [la corriente Tabligh Jaamat]”.

El mismo autor dice un párrafo antes (página 236): “Todos eran miembros del movimiento […] Tabligh Jamaat”. Esto también es falso, porque al menos dos de los once no eran practicantes. Y sólo es tabligh, el que practica los preceptos de dicha corriente, es decir, quienes participan “en las actividades de ese movimiento”, pues no hay ningún registro ni asociación ni condición previa que los distinga de otra manera. El Tabligh, si movimiento fuera, es sin duda de los que se demuestra andando. Esta segunda falsedad estaría, aunque sólo porcentualmente, más cerca de la verdad que la primera.

 

 Braulio García Jaén, Andrés AguayoMatías Escudero Arce.

Archivado en: Principios (y derivas) de la justicia poética, Reporting in progress

Una crítica en abierto

El contraste entre las cosas y la descripción del que las niega es tan perfecto que basta poner aquellas a continuación de ésta para que la falsificación aparezca como lo que es: perfectamente cierta. La verdad, incluso muda como (a)parece en los estertores de la actualidad, siempre acaba vengándose, tanto más a gusto si es con este escándalo íntimo. El contenido de la crítica de mañana coincide exactamente con la forma que me habría gustado darle hoy, por lo que celebro nuestra absoluta falta de originalidad.

Archivado en: Epistemología de la vida cotidiana, Leer, escribir, Principios (y derivas) de la justicia poética, Reporting in progress

Un apunte sobre la ex directora del ‘Times’

Jill Abramson, la ya ex directora de The New York Times, tiene un libro excelente (no sé si tiene más, de hecho) sobre la única pregunta que me interesa en este mundo: ¿quién de los dos miente? Los dos, en este caso, eran el entonces candidato al Tribunal Supremo americano, Clarence Thomas, y una antigua empleada suya, Anita Hill, que durante las audiencias previas al nombramiento, declaró que había sido acosada sexualmente por el candidato cuando éste era su jefe. Thomas era el primer juez negro que optaba al Supremo, propuesto además por un presidente republicano (Bush padre), y acabó consiguiendo el puesto gracias, entre otras cosas, a que negó con vehemencia las acusaciones de Hill. El año pasado se estrenó un documental sobre el caso que se llama como ella: Anita Hill.

Abramson y Jane Mayer (ambas en The Wall Street Journal entonces), consideraron que había que dilucidar quién de los dos decía la verdad y estuvieron un par o tres de años (no lo recuerdo y no tengo el libro aquí) hablando con gente y cruzando datos. Debieron entrevistar a unas 13.700 personas. Thomas, consciente de que su futuro pasaba no sólo por negar aquella acusación concreta, sino por despejar cualquier duda que pudiera cuestionar al hombre, a aquella su figura de self made man ejemplar (sin brillo, por cierto, y que hoy es famoso porque lleva ocho años sin decir ni mú cuando el Supremo delibera, según cuentan aquí), lo negó todo, incluso que hubiera consumido alguna vez… pornografía.

Strange justice, que así se llama el libro, contiene muchas lecciones de buen periodismo, para empezar el análisis de la operación de lifting republicano que supuso la candidatura de un juez negro, simpático y ultraconservador. Pero a mí me resulta especialmente emocionante una de las más elementales. Las autoras entrando en un videoclub cercano a uno de los domicilios de Thomas para hablar con el dueño. Of course,  el señor Thomas era un cliente habitual y gran consumidor de cine porno, confirma el dependiente.  Ese viaje desde la cúpula del Congreso hasta el mostrador del videoclub, ese gesto, resume por qué el periodismo puede ser un oficio tan excitante y por qué es, técnicamente, uno de los más tontos; o al menos resume por qué me gusta a mí.

 

Archivado en: Epistemología de la vida cotidiana, Reporting in progress

Los sin papeles del hospital, vanguardia nacional

A partir del próximo 1 de septiembre, los inmigrantes sin residencia legal que viven en España podrán suscribir un convenio con las comunidades autónomas que les dará derecho, a cambio de unos 700 euros al año, a la atención sanitaria pública. Sin mirar mucho, no he visto que se haya señalado la reveladora paradoja que todo eso supone.

La paradoja estriba en que el convenio viene, en el fondo, a normalizar con todas las de la ley (es decir, por decreto) la condición de excepcionalidad en la que malviven. Y eso, si bien se mira, es otra manera de integrarlos. Si yo fuera sin papeles y tuviera 710 euros, ya estaría recorriéndome las ventanillas de la Comunidad de Madrid (porque aquí vivo) para pagarlos.

Los pagaría encantado porque, si mi fe en la lógica del mercado no me ciega, eso supondría a su vez una garantía de que no me van expulsar hasta el 1 de septiembre de 2013, por lo menos. Porque, ¿no vendría a ser ese convenio también un contrato que me garantiza el uso y disfrute de lo que pago y contrato? La posibilidad de que el Estado (que es quien expulsa) pudiera adelantar al inmigrante la devolución de su cuota sanitaria debe, tal y como están las arcas del Estado y sus arqueros, descartarse. La de que fuera directamente alguna de las comunidades autónomas en quiebra la que hiciera efectiva la devolución, entenderán que no me la plantee. En fin, dado que el convenido es anual, tendría todo el mes de agosto del año que viene para intentar renovarlo: supongo que sería más difícil encontrar una ventanilla abierta que que me encerraran en un calabozo, pero tampoco mucho más. Tendría un mes para intentarlo y si no, siempre podría hacerlo el mismo día 1 de septiembre. ¿O acaso me podrían expulsar igual y quedarse encima con los 710 euros?

Y es  reveladora porque supone reconocer, por fin, pública y abiertamente (es decir, en los titulares) que la condición de los inmigrantes sin residencia legal no es una situación de exclusión, ahora ya ni siquiera en términos estrictamente legales.  Es, como sabemos por Agamben, una situación de excepción: aquella en la que la ley se suspende a sí misma para incluir una situación que se pretende por definición ajena. Se incluye lo externo excluyéndolo dentro: algo así como un padre que para echar a su hijo de casa, lo encierra en una habitación. Así puede seguir pegándole de vez en cuando. Larra lo dijo mucho más claro hace doscientos años, respecto de Los barateros: el brazo de la ley alcanza a castigar allí donde no llega para proteger.

Los inmigrantes sin residencia legal no suponen ninguna irregularidad dentro de los estados nacionales que se niegan a reconocerles sus derechos: son la norma. Una norma más o menos circunscrita a unos cientos de miles en España o Francia, pero millones en Estados Unidos y Europa. Hasta ahora, la doblez se mantenía más o menos decorosamente: todos sabíamos de primera mano su carísima aportación como mano de obra barata y no hacía falta pensar mucho para saber además que contribuían indirectamente con su consumo y sus impuestos al sostenimiento del bienestaremos.

Pero hasta ahora seguíamos insistiendo en mantenerlos, aparentemente, fuera de la ley. Como mucho, de vez en cuando se aprobaban regularizaciones extraordinarias para los más arraigados, como ahora acaba de anunciar Obama para los menores de 30 años que entraron en Estados Unidos siendo niños. En esos casos, la ley se suspendía a sí misma, pero sólo provisionalmente. Frente a esa provisionalidad, España se sitúa ahora a la vanguardia del mundo con un decreto escrito sobre la línea del horizonte. Un viejo burócrata habría dicho “frontera”.

En fin, es más reveladora aún, pero habrá que acabar: piénsese, por ejemplo, en el hecho de que a la amnistía fiscal promovida por el Gobierno del Ausente, se le haya llamado también “proceso de regularización extraordinaria“; o en que, durante unos meses, haya planeado el debate de si la sanidad pública debía seguir siendo universal para los parados (españoles); en fin, piénsese en la facilidad con la que las barreras europeas se suben y bajan sobre los campamentos de los gitanos rumanos que Francia (también la Francia de Hollande, désolé) sigue deportando: ¿no será el horizonte de la ciudadanía nacional el que está emborronándose?

Archivado en: Reporting in progress, Uncategorized, , , , , , ,

La novela, ese invento de la imprenta (IV)

[1] La sospecha metódica es que la literatura en su actual especificidad puede ya comenzar a ser interrogada en tanto que resultado de una mutación histórica sumamente compleja pero de alcances análogos a los de la invención de la escritura fonética o la generalización de la imprenta (y su correlato obligado: el formato libro y la figura del lector privado que inaugura un ámbito nuevo de experiencia: el de la lectura solitaria y silenciosa).

[2] La generalización de la lectura privada y silenciosa es condición de posibilidad de un ámbito nuevo de experiencia que trastoca profundamente la alianza entre las palabras y las cosas, abriéndola en la dirección que va a constituir el espacio de nuestra modernidad. Recordemos tan sólo, a título de ejemplo, tres de las dimensiones de esta nueva experiencia que halla en la lectura privada y silenciosa su instancia mayeútica: la experiencia de un nuevo modo de religiosidad (por ejemplo, Lutero y el libre examen); la de una nueva forma de racionalidad apoyada en la subjetividad como principio (por ejemplo, Descartes y el discurso del método); la de una nueva narrativa prosaica de nuestra experiencia del mundo (cuyo modelo será la forma “novela”), enfrentada a la magia de las antiguas leyendas (literalmente: “cosas para ser leídas”), criminalizadas ahora como obra de la sinrazón (por ejemplo, en las andanzas del Quijote y Sancho). [negrita mía]

[3] El punto de partida, amablemente polémico, podríamos sentarlo parafraseando, tal vez parodiando, las últimas palabras de Les mots et les choses de Foucault, y decir entonces: “La literatura es un invento reciente…” Aunque quizá fuera más cauto y preciso repetir las palabras de su conferencia “Langange et Littérature” (1964), y decir: “…si le rapport de l’oeuvre d’Euripide à notre langue est bien littérature, le raport de cette même oeuvre au langage grec n’était certainement pas de la littérature”.

[4] Nota y cita de Les mots et les choses…

[5] El 31 de enero de 1837, Goethe (en quien reconocemos a una figura emblemática de ese umbral entre el fin del clasicismo de la elocuencia y el nacimiento de la expresividad literaria) le comenta a Eckermann: “La literatura nacional ya no tiene hoy en día demasiado sentido; ha llegado el tiempo de la literatura universal (Weltliteratur), y todos deben trabajar hoy para apresurar este tiempo.”

[6] Nota a la cita de GoetheConversaciones con Goethe en los últimos años de su vida, 1836-1848. H.G. Gadamer comenta los alcances de este acontecimiento así: “Lo que se incluye en la literatura universal tiene su lugar en la conciencia de todos. Pertenece al “mundo” (Welt). Ahora bien, el mundo que se atribuye a sí mismo una obra de la literatura universal puede estar separado por una distancia inmensa respecto al mundo original al que habló dicha obra. En consecuencia no se trata con toda seguridad del mismo “mundo”. Sin embargo, el sentido normativo contenido en el concepto de la literatura universal sigue queriendo decir que las obras que pertenecen a ella siguen diciendo algo, aunque el mundo al que hablan sea completamente distinto. La misma existencia de una literatura traducida demuestra que en tales obras se representa algo que posee verdad y validez siempre y para todos. [n.m] Por lo tanto la literatura universal no es en modo alguno una figura enajenada de lo que constituye el modo de ser una obra según su determinación original. Por el contraria, es el modo de se histórico de la literatura en general lo que hace posible que algo pertenezca a la literatura universal”. Cfr. Verdad y método, Salamanca, Ed. Sígueme, 1977.

[7]  Una segunda dirección en esta compleja constitución de las condiciones de posibilidades de la literatura la abre la promulgación de la libertad de prensa – En España (donde, aunque suspendido, todavía existe el Santo Oficio) tendrá lugar con las Cortes de Cádiz, en 1812.

[8]  De las consecuencias que acarrea, podrían retenerse dos. Desde el punto de vista del autor, la modificación de su estatuto moral y jurídico (de su autoridad, si se prefiere decir así), es evidente. Recordemos, como un ejemplo más entre mil posibles, las palabras de Nietzsche en una carta a Peter Gast (Turín, 30 de octubre de 1888): “El día de mi cumpleaños he comenzado otra cosa que parece lograse y que se halla ya bastante avanzada. Se titula Ecce Homo o cómo se llega a ser lo que se es. Se trata, con gran audacia, de mí y de mis libros. Con este escrito no sólo he querido presentarme antes del gran acto solitario de la “Transvaloración”, sino que quiero también probar lo que puedo arriesgarme a hacer con el concepto alemán de la libertad de prensa. Mi inquietud es que se va a confiscar enseguida mi primer libro de la “Transvaloración” El Anticristo, y además, legalmente con todo derecho.”

Y en segundo lugar, desde el punto de vista del medio en el que se desenvuelve la palabra escrita, la libertad de imprenta va a conducir directamente al surgimiento de periodismo, y con él nacerá una nueva noción tutelar: la de opinión pública.

[¿Añadir?: Dos nuevas figuras: el crítico y el “intelectual”]

[9] El 24 de julio de 1793 se reconoce “la propriété lettéraire et artistique”, siguiendo los pasos de la sección 8 de la Constitución Federal de los Estados Unidos (1787). La noción de propiedad intelectual será la tercera de las grandes condiciones de posibilidad necesarias para la constitución del espacio de lo que hoy conocemos como literatura.

[10] Sin embargo, sí debería atenderse a una consecuencia mayor derivada de la promulgación de la propiedad intelectual, grave y no tan obvia [como la anterior, su mercantilización]. Se trata del modo como se altera profundamente la repetibilidad de lo escrito (que es el elemento mayor de lo que constituye el “ser memorable” que la escritura le concede a la voz). Desde la transformación forzosa del estatuto de los procedimientos de reescritura legítimos (versiones, refritos, traducciones…, amenazados siempre por la nueva noción de “plagio literario”), hasta el primado y los prestigios de la originalidad que moverá los afanes de toda vanguardia, pueden considerarse consecuencias directas de esta noción. Su paroxismo exangüe debe buscarse en la literatura académica curricular (propia al publish or perish), encenagada siempre en un mar de comillas, notas a pie de página, bibliografías secundarias, etc, que definen, no sólo un género literario nuevo, sino también un modelo de lo que en adelante se entenderá por rigor en el trabajo del crítico o del intelectual.

[11] Se dirá, y con razón, que tal vez no se haya presentado a este debate nada en conclusión sino una serie de afirmaciones tan manidas y sabidas como las que repiten que universidad, mercado y periodismo son hoy aquellas instancias específicas que enmarcan, y de modo estricto, nuestro espacio literario: sobredetermina[n] su producción (si se prefiere, su difusión) y encauzan el consumo (si se prefiere, su recepción). Es cierto. Sin embargo, si nos hemos detenido morosamente en señalar algunos de los detalles más emblemáticos del andamiaje que permite la aparición de un espacio llamado “literatura” ha sido con vistas a aportar a este debate un cierto régimen de atención posible, una inclinación específica para la reflexión, algo como otro ángulo para la mirada. Lo importante no son aquí los grandes condicionamientos exteriores que pesan sobre lo literario (presionándolo, vigilándolo, dirigiéndolo…), y que no son bien conocidos. Lo importante era señalar aquellas condiciones de posibilidad que permitieron su nacimiento y que, aún hoy, la hacen seguir siendo lo que es –hasta tal punto son interiores, indiscernibles pero presentes en cada uno de los gestos que constituyen los hábitos de su práctica. Es verosímil pensar que, si estas condiciones interiores que le dieron nacimiento desaparecieran, la literatura, tal y como hoy la conocemos, desaparecería también –y desaparecería para dar paso a otra cosa cuyos perfiles nos está vedado, nos es imposible siquiera imaginar. En cierto sentido, podría afirmarse que, desde el día mismo de su nacimiento, la literatura no ha hecho otra cosa sino encararse con el augurio presentido de su propia desaparición –y tratar de exorcizarlo, de demorarlo cuando menos… como a sabiendas de que aquello para lo que la literatura nos está preparando, cuyo advenimiento constituiría el triunfo de su noble y dramática tarea de dos siglos, exigirá también su propia desaparición…

Miguel Morey, La invención de la literatura (Apuntes para una arqueología).

Encuentros en Verines 1994.

Archivado en: Ese invento de la imprenta, Leer, escribir, Reporting in progress

La novela, ese invento de la imprenta (III)

[1]  “Sorprendentemente, entre los comentaristas sociales y políticos de la literatura pocos han prestado atención a la propia historicidad de la literatura. Sabemos, sin embargo, que clasificar el arte de escribir bajo la noción de “literatura” no es algo tan antiguo. Podemos remontar su origen a aproximadamente el comienzo del siglo XIX. Pero los críticos no han deducido a menudo ninguna consecuencia de ello”.

[2] “La “indiferencia” de la escritura, la práctica de una lectura sintomática y la ambigüedad política de esa lectura se tejen sobre una misma tela. Y esa tela podría ser la literatura como tal: literatura concebida no como el arte de escribir en general ni como un estado particular del lenguaje [specific state of the language], sino un modo histórico de visibilidad de la escritura, un nexo específico entre un sistema de significado de las palabras y un sistema de visibilidad de las cosas”.

[3] (Histórico, pero también literario). “El nuevo principio fue establecido con toda crudeza por Flaubert: no hay temas altos ni bajos. Mejor aún: no hay tema en absoluto, ya que el estilo es una forma absoluta de ver las cosas. Esta absolutización del estilo ha podido luego identificarse con una posición a-política o aristocrática. Pero en la época de Flaubert, solo podía interpretarse como un principio igualitario radical, alterando por completo el sistema de representación, el antiguo régimen del arte de escribir. […] La ‘aristocrática’ absolutización del estilo iba de la mano del ‘democrático’ principio de indiferencia”.

[4] “Es en este sentido que la literatura opuso su “democracia” a la jerarquía de la representación. Cuando Voltaire explicó el poder de las tragedias de Corneille, usó un argumento significativo. Afirmó que las tragedias se ponían en escena frente a una audiencia compuesta por oradores, magistrados, predicadores y generales. Desgraciadamente, asumía, la audiencia de su propia época ya no estaba compuesta por esos especialistas del mundo de la acción. Estaba formada únicamente, dijo, por “unos cuantos jóvenes caballeros y señoritas jóvenes”. Lo quería decir por cualquiera, nadie, sin destinatario. El régimen representacional de la escritura se basaba en la idea definida del discurso-acto. Escribir era hablar. Y hablar se veía como el acto del orador que trata de persuadir a la asamblea popular (incluso cuando no había tal asamblea popular). Se veía como el acto del predicador fortaleciendo las almas o el general arengando a sus tropas. El poder figurativo [representational] de hacer arte con las palabras estaba ligado al poder de una jerarquía social basada en la capacidad de dirigir un tipo apropiado de discurso a un tipo apropiado de audiencia. ”

[5] “Flaubert y sus coetáneos, al contrario, se dirigían a la audiencia estigmatizada por Voltaire: unos cuántas jóvenes señoritas y unos cuántos jóvenes caballeros. Literatura es el nuevo régimen de escritura en el que el escritor es cualquiera y cualquiera es el lector. ”

[6] “Literatura es el arte de escribir que se dirige específicamente a aquellos que no deberían leer”.

[7] Sobre la manera en que el mismo nombre de literatura, en este nuevo sentido, sustituyó al viejo de ‘belle-lettres’: “Este punto de inflexión presenta dos rasgos destacados. Primero, no señala ninguna novedad en la práctica de la escritura. Lo que había cambiado era la visibilidad de la escritura”. (¿No?)

[8] “El novelista escribe para gente que no debería leer novelas”.

[9] Importante revisar lo que los contemporáneos de la alta cultura dijeron de Flaubert: lo odiaban por lo mismo que ahora los nuestros pretenden amarlo.

Jacques Rancière, The Politics of Literature,

SubStance 103, Vol. 33, no. 1, 2004.

***

Nota: Estas notas no son provisionales sólo por su contenido y su forma, como suelen: éstas  además han sido traducidas a bote pronto del inglés.

Archivado en: Ese invento de la imprenta, Reporting in progress, ,

La novela, ese invento de la imprenta (II)

El corte de la cita de Piglia del otro día tenía truco: dejaba fuera la última frase: “Me parece que nosotros estamos planteando un problema que en general no es el que aparece cuando se discute. No estamos hablando de cómo cambia la circulación y el consumo de los textos. El problema más serio es si eso va a cambiar el modo de crear. Ese es el problema, pero sobre eso no tenemos respuesta.”

Así es: no tenemos respuesta.

Se plantea entonces el problema de cómo responder a la pregunta que nos estamos haciendo: ¿cómo transformará internet el arte de escribir, si arte fuera? El problema del método.

Apenas nos sirve la actualidad, por lo que dice Piglia: a estas horas, no tenemos respuesta (¡y es la hora del cierre!). Los cambios se producen tan a largo plazo, de forma tan lenta y cuesta tanto percibirlos, que casi parecen una forma de mineralización.

De ahí que convenga escarbar y volverse sobre la invención de la imprenta y sus consecuencias sobre la literatura. Porque manejamos el criterio de Benjamin: que ciertos cambios técnicos producen cambios en la escritura; y en concreto en la narración escrita. Y porque no hay mejor ejemplo para poner ese criterio a prueba.

(Añadir que lo que dice Benjamin para la narración (El narrador, La obra de arte en la época…., Calle de dirección única, y algún sitio más) es una postura generalizable: todas las herramientas informan las cosas que con ellas creamos, con mayor o menor libertad. La preeminencia de las formas redondas (¿es así?) en la alfarería es una consecuencia directa (¿inevitable?) de la invención del torno (ejemplo de Ferlosio, creo)).

Habrá que explicar a partir de aquí en qué sentido decimos que la novela es un invento de la imprenta: en uno preciso (por repetir un ejemplo) pero también ambiguo (porque en parte deja flotando la idea): en el mismo sentido que (¿Mairena?) dijo que las masas son un invento de la metralleta.

Por último, habrá que manosear dos ideas que cuesta mucho arrancar de ciertas manos. Lo que hoy llamamos literatura no ha existido siempre (aunque pueda ser más o menos discutible; así lo defiende Miguel Morey a partir de Foucault en La invención de la literatura, creo; y así lo ve también Rancière en Politique de la littérature: la literatura como régimen históricamente determinado del arte de escribir). Es decir, que no había literatura, lo que más o menos llamamos literatura todavía hoy, antes de la imprenta.

Lo importante es, insisto, la relación de la imprenta con la literatura: para ello, hay dos o tres textos bellísimos de Carlo Ginzburg: sobre el molinero cósmico, pero también sobre narración, conocimiento e historia…

En fin, eso se planteará más o menos con una intención polémica (pero sincera y con voluntad de acuerdo). Pero sobre todo lo que se defenderá es que no siempre ha habido novelas. Que las Novelas griegas a las que se refiere Manguel en la entrevista, no eran novelas en el mismo sentido (histórico, pero también literario) que lo es Madame Bovary (o El Quijote, claro) y lo son todas las que después le han seguido.

Esto se lo pregunté personalmente a Jaume Aguilar (amigo) y estudioso del mundo griego, que me contestó con la precaución de los eruditos:

Vaya por delante que la novela aparece de manera tardía en Grecia (siglos II-I a.C.), una época en la que no me siento muy cómodo para decir nada con pies y cabeza, pues ya sabe que las cuatro cosas que sé sobre Grecia son de época arcaica.

En fin, no me resisto tampoco a citar otro párrafo de su respuesta, porque es un poco lo que yo quería decir también al principio de todo esto, pero resulta que ya él lo había resumido entonces:

Así pues, en cierto sentido, no se puede hablar de novela sólo a partir de la imprenta (recuerda que la intención de Guttenberg era utilizar su invento para imprimir biblias y clásicos grecolatinos; nunca se le había pasado por la cabeza algo como “Amazon”). La principal diferencia entre la novela antigua y la moderna, no obstante, sí que en parte es la aparición de la imprenta porque con ella nace la literatura. Las formas “novelescas” antiguas todavía están empapadas de mecanismos a caballo entre la oralidad y la escritura (“auralidad” como dicen algunos), todavía debemos imaginarnos su recepción un poco como lo que hacían nuestros abuelos cuando se reunían en torno de un transistor para escuchar el “serial” o lo que fuera: una persona leyendo y varias escuchando, compartiendo una serie de códigos, una serie de historias. A partir de la imprenta, ya no hay marcha atrás y la lectura individual y la escritura desprovista de oralidad triunfan, como bien sabe. Cuando se empieza a escribir “para la imprenta”, nace lo que hoy llamamos literatura. Nace el texto, nace un modo de aprender, debatir, estudiar, debatir, discutir.

Todo es interesante en este párrafo, y en varios sentidos: la referencia a la intención de Guttenberg y cómo el invento se le fue de las manos; el nacimiento de la literatura; “la escritura desprovista de oralidad”; en fin, el texto.

Aún así, “a caballo” iban tirados los coches (de caballos) de los antiguos, pero los coches modernos de los que hablamos hoy son, en demasiados sentidos, otra cosa… (Se podría, igualmente, escribir sobre lo que de sustancial siga manteniéndose, pero aquí nos interesan las diferencias…) Así que se insistirá por ello en que la novela, dicho sea con todas las precauciones que convengan, para empezar las que señala José Luis Pardo en uno de sus ensayos de Nunca fue tan hermosa la basura (lo veremos), es sobre todo un invento de la imprenta.

Hay una última cosa que me interesa de aquella respuesta de Jaume, y que enlazará con lo que dice Rancière… y lo que a su modo ocupa el horizonte del ensayo de Pardo: la manera como la literatura (entre otras formas de narrar) informa la comunidad que la recibe y entre la que circula.

 “Los antiguos no prestaron mucha atención a la novela y dejaron perder los manuscritos (consideraban que era una lectura propia de mujeres y esclavos)”. [cursiva mía]

¿Qué escritura y qué comunidad nos estará inventando internet sin que lo sepamos?

Archivado en: Ese invento de la imprenta, Leer, escribir, Reporting in progress, ,

Ahmed Tommouhi, el punto ciego de la justicia española

Este marroquí, tras ser condenado por error, fue estafado por sus abogados

(Ahmed Tommouhi, en Martorell, 2010. Foto: Manu Fernández)

Ahmed Tommouhi es un albañil marroquí al que justo hoy hace 19 años detuvieron por casualidad en una pensión de Terrassa (Barcelona). No ha vuelto a coger una paleta. Tampoco ha vuelto a Marruecos ni volverá nunca a Nador, dice, donde nació en 1951. “Cuando me vine era joven, estaba sano y tenía trabajo; no voy a volver ahora viejo, enfermo y vacío”, añade este hombre que no sabe el día en que nació, pero no olvida el que empezó a vivir como si estuviera muerto. “Era lunes, seguro, del mismo mes en que estamos ahora”. El 11 de noviembre de 1991 lo detuvieron porque era marroquí, regordete y tenía entradas.

“Mi juventud, mi vida, mi futuro, todo me lo arruinaron ese día”, relata. Desde entonces, Tommouhi ha pasado 15 años preso por varias violaciones y un robo ocurridos en Catalunya en 1991. Más de la mitad, sin embargo, los pasó a la sombra después de que el Tribunal Supremo reconociera que había sido condenado por error y recomendara su indulto. En 1999, el entonces fiscal jefe de Catalunya, José María Mena, lo había solicitado para él y para el otro marroquí junto al que fue condenado, Abderrazak Mounib, porque tenía la “profunda convicción” de que eran inocentes, no sólo en la sentencia desmentida por el ADN y revocada por el Supremo en 1997, sino en todos los casos.

El Gobierno, primero del PP y luego socialista, congeló el indulto durante nueve años. Mientras, Mounib murió en una celda de Can Brians y Tommouhi cumplió íntegra su condena, después de que los abogados a los que pagó casi siete millones de pesetas, Jorge Claret y Pedro J. Pardo, también lo engañaran. Le facturaron procedimientos que no habían llevado ellos aprovechándose de que es analfabeto. “Soy un hombre cero, mi vida no vale nada”, cuenta por teléfono desde casa de su hijo Khalid, en un pueblo de la provincia de Barcelona.

De los poderes que contribuyeron a arruinar la vida de Tommouhi (Abderrazak Mounib murió el 26 de abril de 2000 de un infarto), sólo la Guardia Civil y el periodismo han rectificado. Los guardias civiles (desde el agente que abrió la investigación que dio el vuelco a este caso en 1996, Reyes Benítez, hasta su jefe, el comandante Pedro Pizarro, que firmó con él el informe) lo hicieron a sabiendas de que tiraban piedras contra su tejado. Los periodistas atribuyeron los errores a fuentes anónimas y al hecho de que Tommouhi es físicamente muy parecido a un violador confeso.

Los políticos y los jueces hacen mutis por el foro. Margarita Robles, vocal del Consejo General del Poder Judicial, redactó una de las condenas que sigue vigente: el informe descartado de la Policía Científica exculpaba a Tommouhi, pero ni Robles ni sus compañeros de tribunal entendieron que el semen analizado era de otro hombre. “Si lo condené, será porque se ajustaba a derecho”, afirma Margarita Robles cuando se le ha preguntado por este caso. Cuando se ha preguntado al compañero de tribunal de Robles, Gerard Thomàs, por qué apoyaba el indulto del hombre al que ellos mismos habían condenado, soltó: “Ahí tenga el Gobierno su patata caliente”. El Gobierno enfrió la patata denegando el indulto a Tommouhi en abril de 2008.

Los huéspedes y la pensión

Tommouhi fue detenido en aquella pensión porque la dueña había entregado la ficha de los huéspedes, como cada lunes, en la comisaría de Terrassa, y la policía quiso comprobar si se trataba de uno de los dos “marroquíes” que las víctimas de una ola de violaciones describían como sus agresores. El huésped tenía 40 años, entradas y papada, como uno de los violadores. Lo detuvieron y lo pasearon esposado por delante de las víctimas antes de la rueda de reconocimiento. La mitad lo señalaron. Los jueces no preguntaron por ninguna otra prueba: tres condenas por violación y una por robo.

Cuando, cuatro años después, la Guardia Civil detuvo a uno de los dos violadores que seguían asaltando a parejas en los mismos descampados, se descubrió el gran parecido entre Antonio García Carbonell y Tommouhi. La investigación abierta por Reyes Benítez sólo pudo demostrar la confusión en la única muestra de semen que, analizada en 1996, dio resultado. García Carbonell es gitano y habla caló, lo que añadió al parecido físico la confusión lingüística. Las demás sentencias, que no pueden revisarse si no aparecen evidencias científicas de su inocencia, siguen vigentes. Esos antecedentes han impedido que Tommouhi recupere los permisos de trabajo y residencia que tenía en 1991. Vive sin papeles desde hace año y medio.

“El poder ya no quiere saber nada: nadie me llama”, señala. Uno puede preguntarse entonces de qué sirve seguir leyendo su historia en los periódicos. “¿Dónde voy a reclamar si no? No he encontrado un sitio donde ir a hablar y a reclamar, si lo hubiera, iría y no hablaría con cualquiera que me llame, pero, como no lo hay, pues hablo”, asegura con calma y sin pose. A su mujer y a su hija mayor, que siguen en Maruecos, no las ha vuelto a ver desde hace casi 20 años. En España viven sus cinco nietos.

Fuente: Público

Archivado en: Justicia poética, Público, Reporting in progress

Para ir al blog de ‘Justicia Poética’ pincha en la imagen

Escribe tu dirección de correo electrónico para recibir las nuevas entradas por mail.

A %d blogueros les gusta esto: