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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

¿Quién filtrará una exclusiva a un diario con muros de pago?

Toda esta historia de Wikileaks, todo este peerse en tinaja para que retumbe, aclara al menos una cosa interesante para el periodismo que viene. ¿Elegirá alguna vez Wikileaks a un diario con muros de pago en Internet para filtrar sus noticias como altavoz? Digo Wikileaks porque comprendo que imaginar que alguien quiera ya filtrar algo a un periódico es un esfuerzo demasiado grande para nuestros días. Mi impresión es que no, que nunca lo haría. Si se hubiera producido, que hubieran elegido al El Mundo, por ejemplo, ¿qué habrían hecho Orbyt y Elmundo.es? ¿Habrían mantenido el acceso restringido; y con ello la imposibilidad de recomendar y rebotar las informaciones en las redes sociales, etc…? Sea cual sea la respuesta, evidencia una cosa: que estamos hablando de otra cosa, no del mismo negocio que buscaba la mayor repercusión pública de sus noticias. Porque si mantuvieran el acceso, supondría una barrera difícilmente justificable: imaginemos igualmente un nuevo 11-M. Y si no la mantuvieran, sería como reconocer su propio fracaso: hoy que de verdad tenemos una noticia, la damos en abierto.

Todo lo cual, ya lo había dicho Clay Shirky hace semanas.

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La escritura en la época de su distribución digital

El noticiario semanal nos demuestra bien palmariamente que cualquiera puede estar hoy en la situación de ser filmado. Pero no basta con esta posibilidad. Todos tienen hoy una pretensión de ser filmados. Lo que mejor aclara esta pretensión es una ojeada a la situación histórica de la actual literatura. Durante siglos, en la literatura las cosas estaban dispuestas de tal modo que un pequeño número de escritores se enfrentaba a muchos miles de lectores. Ya en los años finales del siglo pasado se produjo un cambio. Con la gigantesca expansión de la prensa, que no deja incansable de poner a disposición de sus lectores nuevos órganos políticos, religiosos, científicos, profesionales y locales, una parte cada vez mayor de los lectores –casualmente al principio– pasó a contarse entre los escritores. La cosa empezó cuando la prensa abrió su “buzón”, pero hoy día no hay casi ningún europeo partícipe del proceso de trabajo que no pueda en principio encontrar ocasión de publicar una experiencia laboral, una reclamación o un reportaje o cosas semejantes. La distinción entre autor y público está con ello a punto de perder lo que fue su carácter fundamental. Se hace funcional, variable de acuerdo al caso. El lector está siempre preparado para convertirse en escritor. En tanto que entendido, una figura en la que, bien que mal, ha tenido que irse convirtiendo, sumido en un proceso laboral altamente especializado –no importa en este caso lo modesta que sea la ocupación de la que entienda-, obtiene acceso al estatuto de autor. Es el trabajo el que toma la palabra. Y su representación por la palabra constituye una parte de la capacidad que se requiere para entregarse a su ejercicio. La competencia literaria no se basa ya en la educación especializada, sino en la politécnica, y de este modo se convierte en común.

Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, primera redacción, [¿1933?]. Abada editores, Madrid.

(Aquí pueden leer la versión de Taurus).

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